Los tipos de bata blanca se acercaron a mí con una jeringa
cargada, me tomaron el brazo izquierdo con rudeza y me la inyectaron directo en
la vena. Se fueron murmurando algo que no alcancé a escuchar.
No pasó mucho tiempo hasta que comencé a sentir la picazón.
Primero donde me habían pinchado, y luego extendiéndose por todo mi cuerpo.
Pareciera como si no alcanzaran todas las manos del mundo para rascarme, y el
color de mi piel me preocupaba cada vez más. Estaba rojiza, como la espalda de
quien pasa toda una tarde bajo el sol.
Me rasqué la cabeza con fuerza, y un mechón de pelo oscuro se
desprendió. Lo tomé entre mis manos y me levanté de la camilla enseguida.
Necesitaba un espejo. Necesitaba, aunque no quería… verme.
Corrí al baño y me reflejé en el espejo. Deseé no haberlo hecho.
Mi piel estaba aún más roja que antes, e irritada. El blanco de mis ojos era
ahora de un color amarillo asqueroso. El pelo se me caía a mechones y comencé a
babear.
Cada vez era mayor la sensación de ahogo, de muerte. Me sentí
mareado, así que volví a la camilla. No se me permitía comer ni beber nada, y
la enfermera vendía a revisarme dentro de dos horas. Así que estaba solo y
aturdido, temeroso.
Creo que me desmayé por algunos minutos porque al abrir los ojos
el programa de la televisión que colgaba en la pared ya había terminado.
Miré mi brazo y ahogué un grito. Estaba hinchado y entumecido,
casi morado. Llamé a la enfermera presionando el botón rojo una y otra vez, y
luego a gritos, pero nadie respondió.
Entonces escuché las voces.
Estaban del otro lado del cristal polarizado. Podían verme, pero
yo a ellos no. Y la mujer dijo algo que yo no quería oír:
- Va a morir.
Y entonces todo terminó. Todo el malestar, la picazón y el mareo,
fueron nada, comparados con la idea de morir. Tenía que escapar pronto de ese
lugar.
Sabía que la puerta se encontraba cerrada con llave, pero eso no
me preocupaba. Tenía la llave escondida bajo el colchón de la camilla, se la
había robado a la enfermera de las 8:00, la más distraída.
Espié por la mirilla: nadie a la vista. Entonces escapé. Dejé para
siempre la habitación 233.
Pero entonces la alarma comenzó a sonar, un ruido estruendoso que
se oía cada vez más alto… y los guardias a lo lejos, buscándome.
Tenía que correr, y eso hice.
233, 234, 235, 236, 237… iba dejando atrás las otras habitaciones.
Entonces vi al final del pasillo una puerta roja. Desde siempre,
el color rojo se utiliza para representar algo prohibido o peligroso. Pero los
guardias se oían cada vez más cerca, así que entré.
Una luz roja iluminaba la sala. Había jaulas negras apoyadas en
los estantes, un olor putrefacto llegó hasta m nariz. En el tacho de basura,
jeringas ya usadas, y sobre la mesada, una tela blanca con manchas de sangre.
Y entonces lo vi.
Fue un segundo, un instante. Intentaba escapar de la mano de uno
de los tipos de bata blanca, que sostenía una jeringa cargada a centímetros de
su cuerpecito. Estaba asustado, indefenso, a sabiendas de lo que iban a
hacerle. Y me miró, juro que me miró con aquellos ojos rojos, como
preguntándome: ¿Por qué?
Y yo me preguntaba lo mismo. Al fin y al cabo, los dos éramos
ratas de laboratorio.