Carta anónima

10 de noviembre de 1990

Querido extraño:

Mi nombre es Rubén, y espero no molestarlo con esta carta. Lo cierto es que no tengo a nadie a quien contarle mis penas, así que elegí una persona anónima y completamente al azar para que lea mi historia.
¿Es usted casado? Yo sí.
Se llama Catalina Weber. La conocí en la secundaria. Se sentaba delante de mí en clase y recuerdo que siempre alzaba su mano para preguntar.  Era una morocha preciosa de ojos verdes, tímida e inocente. La primera vez que nos besamos fue en casa de un amigo, y desde entonces fuimos inseparables. Nos sentábamos juntos, volvíamos a casa juntos (ella vivía a dos cuadras de la mía), y por la tarde salíamos a caminar a alguna plaza.
Pero… han pasado tantos años, ¿sabe? A veces pienso que ella nunca me quiso, sino que lo que quiso fue no estar sola.
Poco a poco fue distanciándose de mí. Al principio culpó al trabajo, alegando que yo llegaba muy tarde, así que reduje mis horas. Luego fueron mis amigos, así que dejé de verlos… Y con el paso del tiempo, ya ni se molestaba en culpar a alguien.
Entonces lo supe: ella tenía otro hombre. Uno se da cuenta cuándo es engañado.
Catalina comenzó a maquillarse todas las mañanas, y a vestir ropa más ajustada de la habitual. Hasta creo haber visto ropa interior nueva en uno de sus cajones… y nosotros ya no teníamos sexo.
Una mañana de otoño decidí despejar mis dudas… así que la seguí.
Se levantó bien temprano y se bañó, se perfumó demasiado y se fue sin decir a donde.
Entonces yo espié por la ventana, y una vez que estuvo demasiado lejos, subí a mi coche y lo arranqué. Ella caminó 5 cuadras y dobló en la avenida. Se dirigía al Café-Bar Genna. Un café al que solíamos ir de jóvenes, aunque en ese entonces se llamaba Cafetería 12 besos.
Entró y se sentó en una mesa del fondo, alejada de la calle. No sé por qué me sorprendió tanto verla besar a otro hombre.
Ingrata. Viéndose con el otro en el café. Nuestro café. Puta. Mal agradecida.
Pero fui inteligente y no dije nada. Hubiese sido demasiado fácil entrar y enfrentarla, demasiado fácil para ella, quiero decir. Ya que tendría que decir la verdad y aceptar sus sentimientos por otro, admitir las mentiras dichas… o más bien no dichas, mitigar la culpa. Así que me callé, y me prometí a mí mismo hacerle la vida imposible a ella, y al otro.
Bien, querido amigo… ¿puedo llamarlo así? Creo que después de contarle mi historia, somos algo más que simples desconocidos. ¿Comprende ahora el dolor que siento? ¿Le ha sucedido alguna vez?
Disculpe si esta carta lo incomoda, y no se preocupe por responder. Me basta con sentir que hay alguien del otro lado. Infinitas gracias, y mucha suerte en lo que se proponga.

Saludos, Rubén.

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Eso decía la carta que el tipo de campera azul dejó en el correo esa mañana…  sin saber que la dirección que había escrito, era la de la casa del amante.

Sogas que vienen

Lo sé. Ella quiere matarme. Cree que no me doy cuenta pero no soy tonto. Siempre tan silenciosa e inocente. Sé que no estoy loco, lo sé. Créanme. Es solo que ella va a lograrlo. La he visto hacerlo antes. No solo conmigo, con muchas otras personas... y nunca nadie logra detenerla.
Hace dos semanas, yo me encontraba cruzando del comedor a la cocina de mi departamento, cuando tropecé con ella y caí de bruces al suelo. Sí, claro que era ella. Uno no tropieza porque sí.
Pueden elegir creerme o no, pero lo que digo es cierto.
La soga quiere asesinarme.
Lleva años en el cuarto de limpieza. Y un día, así por que sí apareció tirada en el suelo del living. La devolví al cuarto pero al día siguiente volvió a aparecer... y no he podido deshacerme de ella desde entonces.
Estúpida soga. Puedo oírla respirar en este maldito momento. Y ella me escucha, ¡Oh, claro que me escucha! Y quiere detener mi respiración. ¡¿Saben lo horrible que es convivir con tu potencial asesino?!
Esperen... creo que está detrás de mi ahora. Puedo sentirla, está esperando el momento preciso. Pero yo no soy idiota, sé lo que trama.
Me doy vuelta de repente y la tomo con mis manos ¡Ja ja ja! ¡No escaparás esta vez!
Oh no... ¡No! ¡No! ¡Está atando mis manos! ¡Y es tan fuerte! Intento luchar contra ella, pero no puedo, no sé si lograré vencerla...
¡No! ¡Está subiendo por mi cuello! Y... y es tan poderosa. Ahora está llevandome a la cocina, a mi mesa. Me obliga a subir. ¡Oh no! ¡Por dios, no!
Se lanza a una de las maderas de mi techo y se sujeta firmemente a ella, mientras aprieta mi cuello cada vez mas. Me falta el aire y se me nubla la vista.
No puedo dejar que gane... no.
- Lamentamos muchísimo la muerte de su hijo, señora - dice el oficial.
- Es que.... no lo comprendo. Él jamás se suicidaría.

Cazapalabras

Alan cumplía dieciocho años, y todos los habitantes de la aldea, sabían lo que eso significaba: Era un hombre. Y por tanto, estaba listo.
De joven, su padre había sido uno de los mejores cazadores, y esperaba lo mismo de él. Por eso, desde pequeño, Alan había sido instruido sobre la cacería de palabras.
Sabia muy bien que eran traicioneras. Por ejemplo, la palabra "transformación", en efecto tenía el poder de transformarse en cualquier otra. O la palabra "silencio" atacaba sin hacer un solo sonido. O la palabra "invisible" no se dejaba ver hasta estar a metros de su víctima. 
Aquel día, fue llevado hasta la colina mas alta, y su padre le dijo al oído:
- Es hora. Debes mantener intacto el honor de tu familia. Sé que vas a hacerlo bien.
Alan estaba armado con un arco y un costal de flechas que él mismo había fabricado con madera seca de un cedro. Respiró hondo y descendió hacia el corazón del bosque. 
Para seguir la tradición que desde hacía años se había impuesto en la aldea, tenía que volver en menos de setenta y dos horas con una presa. 
Muchos aspirantes a cazador, se conformaban con capturar una palabra aguda (las más fáciles de atrapar), pero Alan pretendía volver a la aldea con una palabra esdrújula. Las palabras esdrújulas eran casi imposibles... rápidas, voraces, e infalibles a la hora de matar. Una vez que olían tu miedo, eran incapaces de controlarse. Su hambre, insaciable. Atacaban directo al corazón, y lo arrancaban del pecho sin piedad. Así había muerto su mejor amigo, y quería vengarlo.
De pronto oyó un ruido de pisadas detrás de él. Se preparó y volteó rápidamente. Pero no, no era una palabra. Era un humano. Parecía mayor que él, y también portaba un arco y flechas. Era uno de los suyos, un aspirante.
- Mi nombre es Finn - le dijo aquel, escrutándolo. - Espera, no digas nada, vos debes ser Alan, futuro cazador por excelencia, he oído mucho sobre tu padre, él fue uno de... - pero de pronto enmudecieron. Oyeron un gruñido, seguido de una respiración entrecortada.  
- Atrás tuyo - articuló Alan. La palabra "explosión" se hallaba a pocos metros de ellos, dispuestos a atacarlos.
Pero Finn se quedó ahí parado sin saber que hacer. No se movió un solo centímetro.
"Explosión" saltó sobre su cabeza, dispuesta a devorarlo, cuando una flecha le atravesó el pecho, y entonces explotó, como era esperado.
Ambos saltaron hacia un costado, y la palabra desapareció por completo, dejando un pitido sonoro en el aire.
- ¡¿Qué es lo que te pasa?! - gritó Alan una vez que las cosas se hubieron calmado. - ¡Era mi mejor flecha!
- Perdón - susurró Finn - No soy cazador.
Alan no dijo nada. Había oído acerca de personas como él. "Residuos sociales", solía llamarlos la aldea. Jóvenes que no habían completado la iniciación. Jóvenes inservibles y cobardes, que jamás podrían luchar por el bienestar de todos. Finn era uno de ellos.
- No me mires así Alan - le dijo titubeando - ¡Yo jamás quise ser algo que no soy! Pero tenía tanto miedo a ser expulsado... ¿Cómo podría volver ahora? No soportaría sus pequeños ojos, escrutándome, juzgándome... y mi padre, ¡mi padre!. Siempre me ha llamado "residuo social", Desde muy pequeño. ¿Cómo podría enfrentarme a él ahora? Es mejor así. Es mejor que crea que fui asesinado... o cualquier cosa antes que ser un cobarde. 
- Sabes Alan.... siempre pienso... que en una realidad alegre y perfecta, yo sería como vos. Un cazador nato, audaz, infalible.
- Sabes Finn... en una realidad alegre y perfecta, yo no sería cazador.

El rey de Argath

El rey de Argath era un hombre malhumorado, egoísta y cruel, que no tenía respeto por nada ni nadie, y que no amaba a ningún ser vivo sobre la tierra.
A pesar de gozar de una bella esposa, comida, joyas y todo lo que quisiera tener... no era feliz. Decía estar aburrido, cansado de su vida, de la vida en sí.
Por eso, una mañana fría y gris de otoño, se levantó mas temprano que de costumbre. Llamó a uno de sus pajes, al mas leal, y lo condujo el silencio hacia el ala oeste del castillo.
- Deseo ser ejecutado hoy mismo - le dijo.
Se hizo silencio.
Aquel no comprendía muy bien lo que estaba sucediendo. Sabía muy bien que bajo ningún concepto podía desobedecer una orden... pero, ¿una ejecución?
- Su majestad, con todo respeto... ¿está usted seguro de lo que acaba de decir?
- ¡¿Acaso estás poniendo en duda mi palabra?! - contestó el rey con aquella voz grave que ponía punto final a cualquier discusión.
- Por la tarde todo estará listo - dijo el paje, y se retiró.
En el trascurrir del día, el soberano se recluyó en su habitación y no habló con nadie. En cada rincón del castillo podía oírse rumorear a los sirvientes acerca de la extraña decisión. Algunos entristecieron, otros no. Y el pueblo... bueno, al pueblo le importaba un bledo lo que sucediera.
El sol cayó a las seis de la tarde, y el paje golpeó los aposentos del rey. Lo vistió con ropajes negros y le cubrió la cabeza con una capucha también negra.
Estaba listo para morir.
El pueblo entero asistió a la ejecución, y en pocos minutos, lo vieron aparecer escoltado por dos grandes custodios.
Lo acomodaron con cuidado en la guillotina. La cuchilla había sido afilada por la mañana.
El verdugo se posicionó frente a él y rió por lo bajo. Accionó la palanca y todos los allí presentes enmudecieron.
El rey de Argath había muerto.
Las horas pasaron y las personas volvieron a sus tareas habituales, las mucamas a limpiar el castillo, los cocineros a preparar exquisitas comidas y los altos cargos a decidir que harían a continuación.
El encargado de limpiar la guillotina se acercó, y con una mano levantó la cabeza sersenada del suelo, quitándole la capucha negra, dejando al descubierto, la cara del paje.
Dicen los que saben, que el verdugo rió muy fuerte aquel día. Se encerró en su habitación y se quitó la máscara, reflejando en el espejo, la cara del rey de Argath.

Tic-tac, tic-tac, tic-tac

Estoy sentando en el gran sillón de la sala, leyendo un libro, cuando de pronto...
Tic-tac, tic-tac, tic-tac.

Un momento... ¿qué es eso?

Tic-tac, tic-tac, tic-tac.

¿De dónde viene?

Tic-tac, tic-tac, tic-tac.

¡Shhhh! ¡Alguien intenta leer aquí!

Tic-tac, tic-tac, tic-tac.

¿Qué mierda es eso? Suena como a un reloj.

Tic-tac, tic-tac, tic-tac.

Agudizo el oído, parece venir de la cocina.

Tic-tac, tic-tac, tic-tac.

Ah si, es aquel imbécil reloj de siempre.
¿Por qué me molesta tanto ahora?
Maldito reloj. Lo odio. Me odio.
¿Por qué lo compré?
Su imbécil tic-tac no me deja terminar el libro, y tengo que terminarlo.

Tic-tac, tic-tac, tic-tac.

Necesito apagarlo con urgencia, detener el ruido de mi cabeza.
Las palabras que intento leer parecen garabatos, se salen de las páginas.
Tic-tac, tic-tac, tic-tac.
Es taladrante, insoportable.
¿Por qué no puedo hacer que pare? ¿Cómo es que no lo noté antes?

Tic-tac, tic-tac, tic-tac.

Suficiente. Tendré que sacarle las pilas.
Me acerco al reloj, lo abro y saco una, después la otra.
Ahora hay silencio al fin. Por fin algo de paz, calma, quietud.
Entonces vuelvo al sillón, vuelvo al libro. Sus palabras ya no se mueven, mi mente esta calmada.
Y de pronto...

Tic-tac, tic-tac, tic-tac.
Tic-tac, tic-tac, tic-tac.

¡No, no por dios! ¡Sigue ahí! ¡¿Cómo es posible?!
¡Por favor! ¡Hagan que pare o lo haré yo mismo!
Un momento... sí. Tomaré este cuchillo, el mas filoso y grande de toda la casa y lo apuñalaré. Acabaré con todo esto.
Me acerco lentamente hacia él, no debe oírme.
"No temas relojito, todo estará bien, muy bien".
Saco el cuchillo que estuve escondiendo en mi espalda, y lo clavo justo en el centro, donde sus agujas de juntan. Su vidrio se quiebra en miles de pedacitos. Parece como si dejara de respirar, puedo oírlo. Son sus últimos minutos, sus últimos tic-tac.
Y de pronto... silencio. Al fin silencio. Silencio infinito. Silencio en mi.
¡Ah! ¡Que felicidad!
De pronto alguien golpea a mi puerta, interrumpe mi regocijo. Debe ser mamá.
- Adelante - le digo.
Ella entra, se la ve sorprendida, abre la boca de par en par.
- ¿Qué acabas de hacer?! - grita.
- ¿Qué? ¿Qué hice? - pregunto.
- Acaso... ¿acaso apuñalaste la pared?
- ¡No mamá! ¡Es que el reloj...!
Ella me mira incrédula. ¿Qué es lo que no entiende?
- Hijo... ahí no hay ningún reloj. Vos jamás tuviste uno.

Glycerine

Año 2070, el presente.
El mundo está a punto de extinguirse, pero esta vez no se trata de predicciones mayas, destrucción medioambiental, apocalipsis zombie o enfermedades.
Sucede que los seres humanos dejaron de reproducirse, de dejar descendencia.
El problema inicial fue la tecnología.
Quizá los que aún tengan memoria puedan recordar los años comprendidos entre el 2005 y 2010. Ahí fue donde aparecieron a gran escala.
Yo estaba en 5º grado de primaria y tenía tres amigos Matías, Noelia y Melina.
En los recreos jugábamos a saltar la soga, el elástico, la bolita. Debo admitir que no éramos nada buenos, pero nos divertíamos, y eso era lo importante.
Cada viernes de la semana, íbamos a la casa de Matías a dormir. Los cuatro pedíamos pizza y alquilábamos una película. Solíamos discutir mucho, porque a Matías y a mí nos gustaban las de acción y a las chicas las de amor.
De pronto y sin previo aviso, Melina no fue a casa de Matías. La llamamos por teléfono y dijo que sus padres le habían regalado una computadora y que estaba muy ocupada con ella.
Yo sabía lo que era una computadora, por supuesto no era tonto. Fue hace tanto tiempo, que ahora parece como si nunca hubieran existido. Pero antes había locales donde se juntaban varias computadoras, y tenías que pagar muy poco dinero para usarlas. Se llamaban Cyber. Yo había ido muchas veces allí a jugar juegos de guerra, por eso pensé que Melina no se interesaría mucho rato.
Pero pasaron los meses y aquellos viernes de pizza y películas, jamás volvieron. Melina no volvió. Por supuesto nos veíamos en la escuela y hablábamos, pero por las tardes ya no quería verse con nosotros.
Con el tiempo, Noelia también dejó de estar con nosotros. Estaba madurando y no se sentía muy cómoda en nuestra compañía, sin ninguna otra chica en el grupo.
El día en que su tío le regaló una computadora, no lo supe si no por mis padres, porque nosotros ya no hablábamos, y después de eso, jamás volvimos a hablar.
Casi todas las personas tenían una computadora en sus casas. Fue como una epidemia, la voz se fue corriendo, y los padres también corrieron a comprarlas.
En el año 2007, yo tuve la mía. Mamá la había comprado a $700. En ese entonces, ese era el precio de la felicidad.
Llegó a casa con un monitor enorme y pesado, blanco y sucio. Y yo lo odié.
Pero ese odio no duró mucho tiempo.
Cuando descubrí que podían descargarse los mismos juegos que había jugado en el Cyber, las escondidas, la bolita y el elástico, comenzaron a parecerme juegos estúpidos.
Recuerdo haber pasado horas y horas y noches enteras jugando. Y ahora que lo pienso no tenían nada de especial, nada nuevo, nada que no haya visto antes. Pistolas, granadas, persecuciones de autos, etc.
Un año después de eso, comenzó a circular en Internet un programa llamado MSN. En él podías tener conversaciones con tus amigos en línea. Yo siempre había sido tímido y el hecho de poder hablar con alguien sin tener que verlo a la cara era muy tranquilizador.
En esa época solo tuve un amigo. Cristian. Vivía cera y a veces venía  a casa. Pero meses más tarde se mudó, y aunque seguíamos hablando por MSN, no era lo mismo.
Años más tarde, más o menos por el 2010, se popularizó un sitio web llamado FACEBOOK. Todo el mundo tenía una cuenta en él. Niños, jóvenes, adultos, ancianos, hasta perros. Era mucho mejor que el MSN. No solo podías comunicarte con tus amigos en línea, sino que también podías ver sus fotos, videos, pensamientos, donde estaba, con quien, cuando era su cumpleaños, si tenía una relación con alguien, sus gustos musicales, libros que prefería leer, etc. Siempre me gustó pensar que eso era como el currículum de una persona.
La moda era verse con tus amigos, sacar muchas fotos estúpidas y luego ponerlas en FACEBOOK para que todo el mundo las viera. Durante mucho tiempo, eso fue un incentivo para salir a pasear.
Pero no duró mucho.
Cada vez eran más las personas que preferían tener una charla virtual que real. Declararle tu amor a una chica sin tener que verla, felicitar a familiares por su cumpleaños con un saludo tecleado.
Y la sociedad ayudó a fomentar esto.
Para el año 2020, todo se hacía por internet: compras, trámites, pagos, estudios, trabajo, etc. Moviendo un solo dedo para hacer clic, sin necesidad de mover el cuerpo de la silla.
Era mucho más sencillo sociabilizar de esta forma, si es que a eso podía llamársele sociabilizar.
Y así comenzó todo.
Desaparecieron los saludos, las risas, los besos…
Y ahora todos somos demasiado viejos.
En donde vivo, quedan apenas tres jóvenes: dos muchachos y una chica. Dicen que bajo ningún concepto quieren tener hijos.
Y no los culpo, nadie lo hace.
Así que estoy escribiendo esto porque mi tiempo, el tiempo de todos está por acabarse. Y no podemos culpar a nadie, porque nosotros mismos hicimos esto.

El perdedor

Algunas personas nacen destinadas a la grandeza, otros la logran a lo largo de su vida, y algunos no la consiguen nunca.
Martín era uno de esos.
En las escondidas lo encontraban, en la rayuela se tropezaba, en el truco no sabía mentir, los dados eran sus peores enemigos y de la lotería mejor ni hablar.
¡Hasta perdía en el solitario!
Pero hay un dicho que dice: Afortunado en el juego, desafortunado en el amor. Él era un perdedor en ambos.
Había tenido tres novias a lo largo de su vida. La primera había resultado lesbiana, la segunda lo cagó con su mejor amigo y la tercera se mudó a Alemania y nunca más supo de ella.
Iba caminando por Avenida Rivadavia, era lunes, el día mas agitado de la semana.
Tropezó con ella: una morocha de ojos verdes y mirada soñadora. Llevaba una camisa blanca, pantalones ajustados, zapatos de tacón. Y en sus manos, una pila de papeles blancos y amarillos, que ahora descansaban desparramados en el suelo.
Él se disculpó y se agachó para ayudarla.
“Soy Nancy” dijo ella con voz dulce y clara. Sus pestañas eran largas, larguísimas, y estaba perfectamente maquillada, ni muy muy, ni tan tan. Sus pecas se distribuían en todo el rostro y escote, que Martín miró disimuladamente. Olía a menta fresca, y chocolate. Perfecta combinación.
No dudó y le dijo: “Si querés te acompaño hasta donde tengas que ir, así me aseguro que no tropieces con otro boludo”. 
Ella sonrió.
Caminaron juntos hasta la casa de ella. Parecían conocidos de toda la vida. Hablaron de la infancia, la adolescencia, los primeros amores y desamores, los amigos, la familia, anécdotas, noviazgos y música, sobre todo música. Era fana de The Strokes.
Martín no era muy experto en mujeres pero enseguida se dio cuenta de que estaba interesada. Y se imaginó como seria tomarle el cabello con una mano, y besarla apasionadamente.
“Vivo acá” dijo Nancy frenando en la entrada de un edificio enorme, altísimo.
Él se impacientó.
¿Qué hago? ¿Le pido su número?  Va a pensar que soy un boludo, o capas que no… me sonreía con ganas y encima está buenísima… como perder no pierdo nada.
Tomó aire y exclamó: “¿Che… me pasas tu numero? Si querés, obvio” 
Ella lo miró con tristeza y agachando la cabeza dijo: "Tengo novio, y es celoso”.
Le dio un beso en la mejilla, tomó sus llaves y abrió la puerta del edificio. Ni siquiera se volteó a verlo por última vez. Martín se quedó allí parado, solo. Después de todo, siempre había sido un perdedor.

Pequeños sueños

Era lunes, y estaba nublado.
Bajé del colectivo 161 y crucé la atestada calle.  Caminé hasta toparme con la puerta negra que, como de costumbre no estaba cerrada con llave. La empujé con fuerza y oí como se cerraba tras de mi con un estruendo.
El camino era de ciento veinte metros de baldosas de cemento y el complejo de cuatro edificios se hallaba al final de él. Apartados como siempre, como si quisieran ocultarse del mundo.
Yo vivía en el número dos.
Eran viejos, o al menos eso indicaba el moho oscuro adherido a sus paredes. También tenía “manchas de lluvia” como me gustaba llamarlas, ya que el agua arrastraba la mugre acumulada en las esquinas, manchando las paredes de un sucio color gris. Eso le daba un aspecto más que tétrico.
El camino estaba bordeado por árboles y plantas de todos los tamaños: las que caen en forma de palmera, las que tienen espinas, un rosedal y unas flores parecidas al jazmín de las que nunca supe el nombre. Las hojas secas y amarillentas que se desprendían de los árboles se arremolinaban a mis pies.
Al final del camino había un paredón enorme de ladrillos con una enredadera rodeándolo, abrazándolo. Del otro lado se veían pinos altísimos de los cuales se desprendían acículas cuando el viento soplaba fuerte. Más lejos había un campo de golf. Lo sabía porque en repetidas ocasiones las pelotas de los jugadores pasaban el paredón, y caían de este lado.
Seguí caminando, ya estaba cerca. Mi departamento se hallaba en la planta más alta y desde donde estaba pude ver a mi perro caniche ladrando y moviendo su cola alegremente. Le grité que se metiera adentro pero no escuchó.
Antes de entrar me limpié los pies en la alfombra de mimbre. Luego metí la llave en la cerradura y abrí. Encendí la luz del pasillo y llamé al ascensor, estaba muy cansado para subir por las escaleras. Vino en pocos segundos. Sus puertas se abrieron y una vecina del piso de abajo salió de su interior. Nos saludamos con un simple “hola” y se fue. Quedé solo en el ascensor y presione el botón Nº 12 para subir a mi piso.
Una vez arriba, salí del ascensor y entré a mi casa.
Me quedé helado.
Todo allí había cambiado. Una mesa de madera reemplazaba a la de roble negro que siempre había tenido en la sala del comedor. A lo lejos, un sillón azul. Jamás me había gustado ese color Los cuadros del océano que colgaban de la pared también eran distintos, ahora mostraban escenas de campo, vacas y una granja. El aire acondicionado ya no estaba y la estufa había cambiado de lugar. Las cortinas no eran de la misma tela que las mías. Hasta el olor de mi casa era distinto. Tomé el teléfono, que ahora era de color negro y de disco y me dispuse a llamar a mi mamá. Iba a preguntarle si ella había hecho esos cambios mientras yo no estaba, pero era imposible ya que me había ausentado por un corto período de tiempo.
Entonces se me ocurrió la respuesta más obvia: me había confundido de departamento.
Salí de allí y observé la letra colgada en la puerta. Era la “C”, y el número del pasillo el 12.
Y no podía haberme confundido de departamento ya que había visto a mi perro por la ventana y había tomado el mismo camino de siempre.
Al parecer todo estaba en orden… pero esa no era mi casa.
Entonces desperté y la realidad me golpeó en la cara sin piedad. Me incorporé de un salto del colchón agujereado y me refregué los ojos. Sí, me encontraba en la puerta de la iglesia, y mi carro despintado de madera, con cartones y papel acumulado en él, se hallaba a unos metros de mí. Y entonces lo entendí todo.
Yo jamás había tenido una casa.

Jijiji

Existe un viejo edificio en el barrio de Belgrano. Tiene diez pisos, dos ascensores y cuarenta departamentos. En el 5ºC viven Julieta, Tommy y Sara. La primera es una joven de dieciocho años, cabello oscuro y sonrisa perfecta. Su hermano Tommy, de veinte, tiene ojos marrón café y estudia abogacía en la facultad. Y por último, Sara es su madre. Una cuarentona soltera y atolondrada que este sábado por la noche, no se encuentra en casa.
Pero el que sí se encuentra es Santiago, el mejor amigo de Tommy desde que eran pequeños. Casi siempre está de visita allí. Tiene la cara pecosa y practica rugby.
En el departamento, la televisión está encendida, aunque nadie la está mirando realmente.
Tommy está fumando en el balcón y Julieta lleva a la mesa redonda de la sala, una bandeja de plástico con trozos de jamón, salame, queso, aceitunas, papas fritas, etc.
Su hermano apaga el cigarrillo y lo tira por la ventana. Se apresura a pinchar un trozo de jamón con el escarbadientes. Luego pone música y los tres se sientan a comer.
Santiago comienza a cantar la canción “Jijiji” a la par de la inconfundible voz del Indio Solari.
- Yo sé de qué habla esta canción – dice Julieta de pronto. Según ella, trata sobre un caso de violación que hubo en Mar del Plata hace algunos años. Lo había leído en una página de internet muy visitada. – Cuenta la historia – dice en tono misterioso – que cuatro amigas estaban de vacaciones. Cuando cayó la noche, tres fueron a una fiesta en la playa, pero una de ellas se quedó a descansar ya que no se sentía bien. En ese momento, alguien entra al hotel, la viola y luego la descuartiza, dejando sus partes mutiladas esparcidas por el suelo de la habitación. Cuando sus amigas volvieron, descubrieron el horrible crimen y la pared blanca estaba escrita con sangre “Gracias por no prender la luz”. Tétrico, ¿no? – dice con los ojos bien abiertos.
Santiago ríe de manera falsa y exagerada porque sabe que eso no es cierto. Según él, la canción habla de la catástrofe que ocurrió en Chernobyl. Lo explica en voz alta y luego agrega:
- Juro que es verdad. Mi primo fue una vez a un recital de Los Redondos, y me contó que el mismísimo Indio Solari lo confirma. ¿No prestaron atención? Cuando dice “El hijo tenaz de tu enemigo” es claro que hace referencia al primer ministro de la URSS, responsable de la explosión. El estribillo de la canción, “No lo soñé” indica que por más que parezca una pesadilla terrible, todo lo que pasó fue real. Y por último en la parte de “el montaje final es muy curioso2, está hablando de las personas afectadas.
- No, no no. Están muy equivocados – dice Tommy. – El amigo de mi tío es muy amigo del Indio Solari, y le dijo que la canción habla de la droga, la cocaína para ser más precisos, es una evidente metáfora de alguien que se encuentra a la deriva, en un estado de paranoia.
- ¡La cocaína no te deja en un estado de paranoia! – grita Santiago mirando con recelo. – Todo lo contrario, te hace sentir con energía, casi con… poder.
Los hermanos lo miran extrañados. Un silencio incómodo reina en la sala.
- Supongo que nunca sabremos con exactitud de que habla la canción – dice Julieta con un suspiro, mientras se mete en la boca el último trozo de queso que queda en la bandeja.
- Y eso es precisamente lo que me gusta de canciones cono esta. Cada uno puede interpretar lo que quiera, la verdad aun no fue dicha.
- tengo que irme – dice Santiago de pronto mientras toma su abrigo. – Es tarde.
Se despide de Julieta con la mano, y Tommy acompaña.
Bajan en el ascensor hasta la puerta de entrada del enorme edificio.
Afuera, el aire nocturno es pesado y frio.
- Una pregunta antes de que te vayas – dice Tommy pensativo. - ¿Cómo sabias lo de la cocaína?
Santiago se rasca la nariz con disimulo y se va silbando bajito.