Angel tiene cincuenta años de edad, es arquitecto y por supuesto… pelado. Es una ironía, puesto que de joven lucía una larga cabellera negra y con rulos. “Igualita a la de Slash” solía decir.
Le gustaba mucho bailar, así la conoció. Ella danzaba grácilmente con sus amigas, y él la esperaba en la barra. Unas palabras y fue suya. Se casaron a los veinte y a los treinta comenzó todo.
Una mañana de invierno, Angel se levantó temprano para ir a trabajar. Se vistió, se cepilló los dientes y se peinó. Entonces lo vio. El peine tenía una maraña de pelos negros. Decidió no darle demasiada importancia, pero a medida que la maraña crecía con el tiempo, también lo hacia su preocupación y su calvicie.
A los pocos meses de ese episodio, un matutino grito de horror alertó a su mujer. Sí, lo que el espejo reflejaba era cierto. Tenía dos entradas en la cabeza, que pronto se volvieron más y más grandes.
Su mujer, intentando consolarlo, le ofreció intentar un tratamiento de implante capilar. Aceptó.
Cada sesión costaba $350, y necesitaba al menos diez para recuperar su cabello. Vivió a pan y agua durante dos largas semanas. Pero poco a poco iba recuperando su pelo… o su vida, que era prácticamente lo mismo.
Una tarde de primavera, dio el último examen de la facultad y se recibió de arquitecto. Sus amigos fueron a festejar con afeitadora en mano.
Lo raparon. Angel no les había dicho nada, porque le daba vergüenza, y derramó algunas lágrimas mientras sus mechones caían al suelo.
Después de eso, no habló con nadie por dos semanas y pasó muchas tardes encerrado en su habitación. Decía que sin su melena, estaba tan expuesto que la gente podría leer sus pensamientos.
Una noche, su mujer se sobresaltó asustada por el ruido de unas tijeras. Pero volvió a dormirse rápidamente, y cuando despertó por la mañana, vio que su marido tenía de nuevo una larga cabellera negra y lisa… ¿lisa? Fue entonces cuando se tocó la cabeza y acarició sus cortos e irregulares mechones, restos de pelo.
Angel y ella se separaron después de eso.
Ella se mudó a Madrid y no se supo más nada. Él sigue en la misma casa de siempre, a pocas cuadras de allí abrió una peluquería unisex. La visita al menos tres veces por semana.
Pide que le laven, sequen y peinen su melena. Al principio las empleadas se miraron extrañadas y rieron, pero con el correr de los días, y al ver que Angel pagaba mucho mejor que cualquiera de sus mejores clientas, lo atendieron.
Se levanta temprano, a las ocho en punto y es el primero en llegar. Aguanta en silencio el calor del secador de pelo y jamás se lo oye quejarse de las cerdas del peine, raspando su calva cabeza.
“Igualita a la de Slash” solía decir.
La rubia poesìa
Esa tarde fui a comer con mi compañera de la facultad. "la rubia" le decían. Se llamaba María, pero se presentaba como Adela. Nos sentamos en una mesa alejada de la entrada.
¿Qué va a tomar?
¿Tenemos Pepsi, Fanta o Sprite?
"Lo que sea
pero que sea light,
no vaya a ser que engorde,
¿Cómo me van a mirar?"
Y una hamburguesa por favor,
sin lechuga, ni tomates,
sin pepino ni sabor.
¿Cuánto costaron las extensiones?
$500
¿Y la nueva nariz?
$3000
¿Y cuál es el precio
de tu dignidad?
Ay no sé,
pero las botas Sarkany
salieron so much money.
¿Y viste la nueva colección
de Christian Dior?
90
60
90
Y menos de 100 de CI
Ya lo dijo Charly:
Bancate ese defecto.
Por más perfecta
y brillante que sea tu sonrisa
no denota intelecto.
¿Sirve de algo
sentir sólo el calor
de la cama solar?
Si a fin de cuentas
nadie te quiere
de verdad.
La esclavitud no se abolió,
evolucionó.
Antes se obedecía al amo,
ahora a diseñadores
de primera mano.
Hamlet se cuestionaba:
“¿Ser o no ser?
Ahora en cambio
se pregunta:
¿De Chanel o
Mon Atelier?
¿Qué buscas?
¿Algo trash, algo vintage?
¿Con strass o Moustache?
¡Quiero ropa nada más!
La superficialidad
es el armadura,
contra el miedo que nos da
ver nuestro interior
y encontrar solo basura.
Porque no nos damos cuenta
de que
el último grito de la moda
es que la dejen en paz.
¿Qué va a tomar?
¿Tenemos Pepsi, Fanta o Sprite?
"Lo que sea
pero que sea light,
no vaya a ser que engorde,
¿Cómo me van a mirar?"
Y una hamburguesa por favor,
sin lechuga, ni tomates,
sin pepino ni sabor.
¿Cuánto costaron las extensiones?
$500
¿Y la nueva nariz?
$3000
¿Y cuál es el precio
de tu dignidad?
Ay no sé,
pero las botas Sarkany
salieron so much money.
¿Y viste la nueva colección
de Christian Dior?
90
60
90
Y menos de 100 de CI
Ya lo dijo Charly:
Bancate ese defecto.
Por más perfecta
y brillante que sea tu sonrisa
no denota intelecto.
¿Sirve de algo
sentir sólo el calor
de la cama solar?
Si a fin de cuentas
nadie te quiere
de verdad.
La esclavitud no se abolió,
evolucionó.
Antes se obedecía al amo,
ahora a diseñadores
de primera mano.
Hamlet se cuestionaba:
“¿Ser o no ser?
Ahora en cambio
se pregunta:
¿De Chanel o
Mon Atelier?
¿Qué buscas?
¿Algo trash, algo vintage?
¿Con strass o Moustache?
¡Quiero ropa nada más!
La superficialidad
es el armadura,
contra el miedo que nos da
ver nuestro interior
y encontrar solo basura.
Porque no nos damos cuenta
de que
el último grito de la moda
es que la dejen en paz.
Devil baby
Freak: término coloquial que se utiliza para referirse a una persona cuyo comportamiento, aficiones gustos, o vestuario son diferentes al del resto de la gente.
Según ésta definición, soy un freak, y no lo sabía hasta mi primer día de secundaria.
Durante toda mi infancia, mamá y papá me habían educado en casa, así que nunca había tenido la oportunidad de concurrir a una escuela, ni sabía cómo sería mi primera experiencia allí. Había intentado sociabilizar con los demás niños de mi edad a lo largo de los años, pero lo cierto era que no me gustaba estar encerrado en una habitación por mucho tiempo, ni tampoco jugar videojuegos toda la tarde, así que no tenía casi amigos.
Un día antes de comenzar las clases, mamá se preocupó por mí. Me dijo al oído que yo era especial y que tal vez mis gustos fueran diferentes del resto de mis compañeros. Le dije que intentaría hacer amigos y ella se ofreció a teñirme el pelo.
- Mmm, tenemos tintura verde, azul, roja, naranja, rosa… ¿Qué color preferís?
- El mío me gusta, gracias ma. – respondí. No quería colores ni peinados raros, sólo mi castaño natural y peinado hacia atrás, como siempre lo había tenido.
Papá también quiso aportar, así que me sentó toda la tarde frente al televisor mientras ponía y sacaba dvd’s sin parar.
- Estas series están de moda entre los jóvenes – explicó. – La que estamos viendo se llama Naruto
- No me gusta
- ¿Y esta? ¿InuYasha?
- Puaj
- ¿Y… Dragon Ball Z?
- No papá, perdón.
- No puedo creerlo, todos los chicos de tu edad ven Dragon Ball Z, tu hermana jamás se perdió un capitulo – dijo, y se dio por vencido.
Mi hermana intentó hacerme cambiar de parecer respecto a mi aspecto físico.
- ¿Qué tal un expansor en la nariz? Se está usando mucho últimamente – preguntó con una aguja en la mano.
- No quiero respirar de más
- ¿Y unas estrellas bajo la piel de la nuca?
- ¿Para qué? Si no voy a poder verlas.
- ¿Lentes de contacto rojos o blancos?
- Veo bien, gracias.
- ¿Un piercing en la lengua? Para ir empezando…
- No voy a poder comer nada.
Me miró enojada y corrió a encerrarse en su habitación, puso música, esa música extraña como de circo, pero con un poco de metal y algo de estribillos en japonés.
La noche antes de mi primer día de escuela, dormí tranquilo y sin nervios.
Al despertar, encontré un pantalón negro, ajustado, con tachas y cadenas en los bolsillos, una camisa con motivos de calaveras y unos borcegos.
- ¡Mamá! –grité - ¿Dónde está MI ropa?
Ella suspiró y me señaló el armario.
Me puse zapatillas DC blancas y negras, un jean oscuro y una campera Vans de color verde. Me colgué al hombro mi mochila de Los Simpsons, mi serie favorita, impecable y sin ningún pin clavado a ella.
Mis padres me dejaron en la puerta de la escuela y me desearon buena suerte.
Con solo entrar al salón, me di cuenta de que mis compañeros y yo, efectivamente teníamos gustos muy diferentes.
- Hola freak – fue el primer saludo que recibí en el día.
Me senté en el último asiento de la última fila, alejado de todos. La primera materia que teníamos era dibujo.
- La consigna es libre – explicó la profesora – pueden hacer lo que les plazca.
Eso hice, y al menos tres personas se burlaron de mi trabajo. Mientras que casi todos los demás habían dibujado personajes de animé, personas llorando, llenas de tatuajes o perforaciones, yo había hecho un perro parado en dos patas con un sombrero. Y no sé por qué fue gracioso.
- No les hagas caso – me gritó una chica desde la otra punta del salón. Se acercó hacia mí y alagó mi dibujo.
– Tenés talento, e imaginación, te va a ir bien.
Le agradecí, y nos la pasamos hablando el resto de la jornada escolar. No era como los demás. No tenía apodos como “Rasmuse”, “Yagami” o “Itachi”. Su nombre era Gabriela. Llevaba un vestido rojo con pintas blancas, un moño negro en la cabeza y zapatillas blancas. Era rubia natural, y tenía tres aritos en la oreja derecha.
Ella y yo nos sentamos juntos en el micro que nos devolvía a casa, escuchamos música. Le gustaban los Rolling Stone y Ataque77. A mi Calamaro y Los piojos.
Uno de mis compañeros, al cual apodaban “Kakashi”, se volvió a vernos. Tenía el pelo teñido mitad blanco y mitad azul, expansores enormes en las orejas, uñas de al menos siete centímetros cada una y un tatuaje amorfo en la cara.
- ¿Qué están escuchando? – preguntó mientras tironeaba de mi celular.
- Nada – contesté, pero ya me lo había quitado.
Y todos rieron al compás de “flaca / no me claves / tus puñales / por la espalda”
- ¡Escuchen todos esta porquería! – gritó “Matsuda”, otro de mis compañeros, más pequeño que Kakashi, con cejas teñidas de verde y colmillos limados como los de un vampiro.
Y todos rieron.
Gabriela vivía a pocas cuadras de mi casa, así que quedamos en vernos esa tarde para salir a caminar o compartir gustos musicales o nuestras series favoritas.
Al llegar a casa, mi hermana estaba llorando. No la reconocí al principio porque se había hecho nuevas cosas en su cuerpo. Había pasado dos cuchillos filosos por los agujeros de sus expansores de la nariz, se había rapado un costado de la cabeza y vuelto a tatuar la cara.
- Vos... – dijo mirándome a los ojos. – Todo es tu culpa.
Mamá y papá le dijeron que se callase la boca, que yo no tenía nada que ver con lo que había pasado. Le habían escrito en la frente con marcador indeleble: “Sister of freak”. Volvió a mirarme, pero esta vez con odio, y se marchó a su cuarto.
¿Era mi culpa? No entendía nada. ¿Qué tenía de malo ser un freak? Si no lastimo a nadie… ¿Acaso tener gustos diferentes al del resto de las personas es extraño?
Al parecer sí. Y por eso puedo decir que estoy orgulloso de ser un freak.
Según ésta definición, soy un freak, y no lo sabía hasta mi primer día de secundaria.
Durante toda mi infancia, mamá y papá me habían educado en casa, así que nunca había tenido la oportunidad de concurrir a una escuela, ni sabía cómo sería mi primera experiencia allí. Había intentado sociabilizar con los demás niños de mi edad a lo largo de los años, pero lo cierto era que no me gustaba estar encerrado en una habitación por mucho tiempo, ni tampoco jugar videojuegos toda la tarde, así que no tenía casi amigos.
Un día antes de comenzar las clases, mamá se preocupó por mí. Me dijo al oído que yo era especial y que tal vez mis gustos fueran diferentes del resto de mis compañeros. Le dije que intentaría hacer amigos y ella se ofreció a teñirme el pelo.
- Mmm, tenemos tintura verde, azul, roja, naranja, rosa… ¿Qué color preferís?
- El mío me gusta, gracias ma. – respondí. No quería colores ni peinados raros, sólo mi castaño natural y peinado hacia atrás, como siempre lo había tenido.
Papá también quiso aportar, así que me sentó toda la tarde frente al televisor mientras ponía y sacaba dvd’s sin parar.
- Estas series están de moda entre los jóvenes – explicó. – La que estamos viendo se llama Naruto
- No me gusta
- ¿Y esta? ¿InuYasha?
- Puaj
- ¿Y… Dragon Ball Z?
- No papá, perdón.
- No puedo creerlo, todos los chicos de tu edad ven Dragon Ball Z, tu hermana jamás se perdió un capitulo – dijo, y se dio por vencido.
Mi hermana intentó hacerme cambiar de parecer respecto a mi aspecto físico.
- ¿Qué tal un expansor en la nariz? Se está usando mucho últimamente – preguntó con una aguja en la mano.
- No quiero respirar de más
- ¿Y unas estrellas bajo la piel de la nuca?
- ¿Para qué? Si no voy a poder verlas.
- ¿Lentes de contacto rojos o blancos?
- Veo bien, gracias.
- ¿Un piercing en la lengua? Para ir empezando…
- No voy a poder comer nada.
Me miró enojada y corrió a encerrarse en su habitación, puso música, esa música extraña como de circo, pero con un poco de metal y algo de estribillos en japonés.
La noche antes de mi primer día de escuela, dormí tranquilo y sin nervios.
Al despertar, encontré un pantalón negro, ajustado, con tachas y cadenas en los bolsillos, una camisa con motivos de calaveras y unos borcegos.
- ¡Mamá! –grité - ¿Dónde está MI ropa?
Ella suspiró y me señaló el armario.
Me puse zapatillas DC blancas y negras, un jean oscuro y una campera Vans de color verde. Me colgué al hombro mi mochila de Los Simpsons, mi serie favorita, impecable y sin ningún pin clavado a ella.
Mis padres me dejaron en la puerta de la escuela y me desearon buena suerte.
Con solo entrar al salón, me di cuenta de que mis compañeros y yo, efectivamente teníamos gustos muy diferentes.
- Hola freak – fue el primer saludo que recibí en el día.
Me senté en el último asiento de la última fila, alejado de todos. La primera materia que teníamos era dibujo.
- La consigna es libre – explicó la profesora – pueden hacer lo que les plazca.
Eso hice, y al menos tres personas se burlaron de mi trabajo. Mientras que casi todos los demás habían dibujado personajes de animé, personas llorando, llenas de tatuajes o perforaciones, yo había hecho un perro parado en dos patas con un sombrero. Y no sé por qué fue gracioso.
- No les hagas caso – me gritó una chica desde la otra punta del salón. Se acercó hacia mí y alagó mi dibujo.
– Tenés talento, e imaginación, te va a ir bien.
Le agradecí, y nos la pasamos hablando el resto de la jornada escolar. No era como los demás. No tenía apodos como “Rasmuse”, “Yagami” o “Itachi”. Su nombre era Gabriela. Llevaba un vestido rojo con pintas blancas, un moño negro en la cabeza y zapatillas blancas. Era rubia natural, y tenía tres aritos en la oreja derecha.
Ella y yo nos sentamos juntos en el micro que nos devolvía a casa, escuchamos música. Le gustaban los Rolling Stone y Ataque77. A mi Calamaro y Los piojos.
Uno de mis compañeros, al cual apodaban “Kakashi”, se volvió a vernos. Tenía el pelo teñido mitad blanco y mitad azul, expansores enormes en las orejas, uñas de al menos siete centímetros cada una y un tatuaje amorfo en la cara.
- ¿Qué están escuchando? – preguntó mientras tironeaba de mi celular.
- Nada – contesté, pero ya me lo había quitado.
Y todos rieron al compás de “flaca / no me claves / tus puñales / por la espalda”
- ¡Escuchen todos esta porquería! – gritó “Matsuda”, otro de mis compañeros, más pequeño que Kakashi, con cejas teñidas de verde y colmillos limados como los de un vampiro.
Y todos rieron.
Gabriela vivía a pocas cuadras de mi casa, así que quedamos en vernos esa tarde para salir a caminar o compartir gustos musicales o nuestras series favoritas.
Al llegar a casa, mi hermana estaba llorando. No la reconocí al principio porque se había hecho nuevas cosas en su cuerpo. Había pasado dos cuchillos filosos por los agujeros de sus expansores de la nariz, se había rapado un costado de la cabeza y vuelto a tatuar la cara.
- Vos... – dijo mirándome a los ojos. – Todo es tu culpa.
Mamá y papá le dijeron que se callase la boca, que yo no tenía nada que ver con lo que había pasado. Le habían escrito en la frente con marcador indeleble: “Sister of freak”. Volvió a mirarme, pero esta vez con odio, y se marchó a su cuarto.
¿Era mi culpa? No entendía nada. ¿Qué tenía de malo ser un freak? Si no lastimo a nadie… ¿Acaso tener gustos diferentes al del resto de las personas es extraño?
Al parecer sí. Y por eso puedo decir que estoy orgulloso de ser un freak.
El suero de la verdad
Benard era un renombrado psicólogo de cuarenta años y soltero, que vivía en una pequeña ciudad de la que ya no recuerdo su nombre.
Se había recibido a los veintiséis años y a los veintisiete tuvo su primer paciente.
Algunos psicólogos prefieren estudiar diferentes conductas a lo largo de su trayectoria: personalidad obsesiva, depresiva, pasivo-dependiente, pasivo-agresivo, antisocial, narcisista, edípica, etc.
Bernard había elegido una en particular: mentiroso compulsivo.
Tenía cientos de historias de sus pacientes archivadas en su estudio. Mentirosos, todos mentirosos.
“Por un motivo u otro las personas mienten. Para no ser juzgados o culpados, para no lastimar a los demás, para no ser descubiertos, para no enfrentarse a la realidad. Pero al fin y al cabo, mienten. Y cuando la mentira es descubierta, la persona es herida de todas formas. Entonces… ¿Por qué uno miente?
Eso había anotado en su libreta, llena de dibujos, análisis, esquemas, palabras sueltas y ocurrencias de medianoche.
Una mañana fría de invierno, Bernard despertó con una idea en su cabeza. Una idea que si se realizaba, cambiaría la historia del curso del mundo.
Le llevó dos años de noches enteras sin dormir, descubrir la droga que necesitaba: Tiopenato de sodio. Una droga derivada del ácido barbitúrico con rápido efecto como inductor de anestesia y que también disminuye los requerimientos metabólicos cerebrales.
Eso es todo lo que sé, porque nunca se me dio muy bien la química, y él no supo explicármelo de otra forma.
Lo probó en mí por primera vez.
Me pidió que elaborara una mentira y se la contara, sosteniéndola. El me inyectó un líquido azul en el brazo que me mareó al instante, y luego me dormí.
Bernard anotó en su libreta que era muy buen anestesiante, e incluso pensó en vendérselo a los médicos para que pudieran operar sin causar dolor… pero lo importante para él era darme dosis más pequeñas.
No sé cuántas veces más experimentó conmigo hasta encontrar la dosis justa para no dormirme, pero lo consiguió.
Y de nuevo me pidió que ideara una mentira y se la contase. Eso hice mientras él me inyectaba nuevamente. Esa vez no me mareé, pero comencé a hablar lento y pausado. Y Bernard sonrió.
Me explicó que la mentira es una elaboración compleja y consciente, mucho más complicada que la verdad. Así que, si se deteriora la actividad superior cortical, al sujeto le resultara mucho más complicado mantener su voluntad y la verdad fluiría en la conversación con facilidad.
Aun así era un gran invento, una inyección y te la persona mentirosa se delataría.
Pero Bernard quiso llegar más lejos.
Me llamó dos semanas más tarde de aquel descubrimiento para una nueva sesión de experimentación. Esta vez el líquido era de color verde. Dijo que lo había mezclado con otra cosa, otro químico difícil de pronunciar.
Así que lo mismo de siempre.
Y esa vez funcionó.
- Me demoré en venir porque tuve que ayudar a mi vecina a cambiar su foco de luz y estaba… me levanté tarde y… ¡Oh por dios! ¡Doctor, si funciona! En realidad no quería decirle la verdad, pero lo estoy haciendo, ¡Lo estoy haciendo! Es fantástico.
Y Bernard y yo brindamos con champagne.
No volví a saber de él sino, dos años más tarde cuando el “suero de la verdad” salió a la venta. Todo el mundo lo compró… y no creo recordar una época más miserable que esa.
Engaños, mentiras, fachadas… todo salió a la luz. Incluso los secretos más oscuros que una persona pudiera tener. Inyectaban a niños, ancianos, criminales… creo que eso fue lo único bueno. Se resolvieron muchos crímenes y personas culpables pagaron por lo que habían hecho.
Pero la gente estaba muy asustada, y enfurecida con el Dr. Bernard. Eran capaces de cualquier cosa.
Y lo siguiente que supe de él, fue que se había suicidado, exactamente dos años más tarde de haber lanzado el producto a la venta.
Dijeron que habían encontrado una nota de suicidio en su estudio/laboratorio.
Pero eso, por supuesto, era otra mentira.
Se había recibido a los veintiséis años y a los veintisiete tuvo su primer paciente.
Algunos psicólogos prefieren estudiar diferentes conductas a lo largo de su trayectoria: personalidad obsesiva, depresiva, pasivo-dependiente, pasivo-agresivo, antisocial, narcisista, edípica, etc.
Bernard había elegido una en particular: mentiroso compulsivo.
Tenía cientos de historias de sus pacientes archivadas en su estudio. Mentirosos, todos mentirosos.
“Por un motivo u otro las personas mienten. Para no ser juzgados o culpados, para no lastimar a los demás, para no ser descubiertos, para no enfrentarse a la realidad. Pero al fin y al cabo, mienten. Y cuando la mentira es descubierta, la persona es herida de todas formas. Entonces… ¿Por qué uno miente?
Eso había anotado en su libreta, llena de dibujos, análisis, esquemas, palabras sueltas y ocurrencias de medianoche.
Una mañana fría de invierno, Bernard despertó con una idea en su cabeza. Una idea que si se realizaba, cambiaría la historia del curso del mundo.
Le llevó dos años de noches enteras sin dormir, descubrir la droga que necesitaba: Tiopenato de sodio. Una droga derivada del ácido barbitúrico con rápido efecto como inductor de anestesia y que también disminuye los requerimientos metabólicos cerebrales.
Eso es todo lo que sé, porque nunca se me dio muy bien la química, y él no supo explicármelo de otra forma.
Lo probó en mí por primera vez.
Me pidió que elaborara una mentira y se la contara, sosteniéndola. El me inyectó un líquido azul en el brazo que me mareó al instante, y luego me dormí.
Bernard anotó en su libreta que era muy buen anestesiante, e incluso pensó en vendérselo a los médicos para que pudieran operar sin causar dolor… pero lo importante para él era darme dosis más pequeñas.
No sé cuántas veces más experimentó conmigo hasta encontrar la dosis justa para no dormirme, pero lo consiguió.
Y de nuevo me pidió que ideara una mentira y se la contase. Eso hice mientras él me inyectaba nuevamente. Esa vez no me mareé, pero comencé a hablar lento y pausado. Y Bernard sonrió.
Me explicó que la mentira es una elaboración compleja y consciente, mucho más complicada que la verdad. Así que, si se deteriora la actividad superior cortical, al sujeto le resultara mucho más complicado mantener su voluntad y la verdad fluiría en la conversación con facilidad.
Aun así era un gran invento, una inyección y te la persona mentirosa se delataría.
Pero Bernard quiso llegar más lejos.
Me llamó dos semanas más tarde de aquel descubrimiento para una nueva sesión de experimentación. Esta vez el líquido era de color verde. Dijo que lo había mezclado con otra cosa, otro químico difícil de pronunciar.
Así que lo mismo de siempre.
Y esa vez funcionó.
- Me demoré en venir porque tuve que ayudar a mi vecina a cambiar su foco de luz y estaba… me levanté tarde y… ¡Oh por dios! ¡Doctor, si funciona! En realidad no quería decirle la verdad, pero lo estoy haciendo, ¡Lo estoy haciendo! Es fantástico.
Y Bernard y yo brindamos con champagne.
No volví a saber de él sino, dos años más tarde cuando el “suero de la verdad” salió a la venta. Todo el mundo lo compró… y no creo recordar una época más miserable que esa.
Engaños, mentiras, fachadas… todo salió a la luz. Incluso los secretos más oscuros que una persona pudiera tener. Inyectaban a niños, ancianos, criminales… creo que eso fue lo único bueno. Se resolvieron muchos crímenes y personas culpables pagaron por lo que habían hecho.
Pero la gente estaba muy asustada, y enfurecida con el Dr. Bernard. Eran capaces de cualquier cosa.
Y lo siguiente que supe de él, fue que se había suicidado, exactamente dos años más tarde de haber lanzado el producto a la venta.
Dijeron que habían encontrado una nota de suicidio en su estudio/laboratorio.
Pero eso, por supuesto, era otra mentira.
Ya no la engatuzás
Por razones laborales mi hermana tenía que instalarse un mes entero en Cuba, así que me pidió entre otras cosas como regar las plantas y pagar las cuentas, que cuidara de su gato. Nunca me habían gustado los gatos, pero accedí con la condición de poder llevarlo a mi departamento.
Garfield era un gato gordo y anaranjado, igualito al del dibujo animado, de ahí venía su nombre.
Lo traje un sábado. Acomodé un cojín azul al lado de mi cama, y en la cocina llené un plato con comida y otro con agua, la caja con piedritas en otra habitación.
La primera noche intentó dormir conmigo.
- Salí de acá, gato estúpido – le dije. Pero fingió no oírme, y yo estaba demasiado cansado como para sacarlo, así que lo dejé, sólo por esa noche.
A la mañana siguiente sonó la alarma.
PI, PI, PI. Y desperté… en el suelo. Estaba recostado en el cojín del gato y él me miraba desde la comodidad de mi cama, casi disfrutando aquella situación.
Pasé toda la tarde preparando una cena para Mariana, una chica hermosa con la que estaba saliendo desde hacía algunos meses. Cociné pollo al horno con crema y papas nocete, dos velas y champagne. Había encerrado a Garfield para que no molestara. Porque así son los gatos, siempre molestando a quien menos los quiere cerca.
Mariana llegó y nos sentamos en la sala a conversar. La cena aguardaba servida en la mesa y estábamos a punto de degustarla cuando se oyeron maullidos.
- Parece un gatito – dijo ella – ¿Es tuyo?
- Si – conteste a regañadientes – debe haberse quedado encerrado, ya voy a sacarlo.
Cuando abrí la puerta de mi habitación, un olor fuerte a orín, y mi ropa desparramada por el suelo
- Me las vas a pagar, maldito – murmuré mirándolo a los ojos. Nunca antes me había dado cuenta del color de aquellos, eran de un verde intenso muy poco común en gatos.
Garfield se escabulló por entre mis piernas y corrió a refugiarse en el regazo de Mariana.
- ¡Ay! ¡Es hermoso! ¿Cómo se llama? – Y el estúpido franeleaba su cabeza en la panza de ella.
Eso fue lo que ocurrió en toda la noche. Mariana estuvo ocupada jugando y hablando con él, y luego se fue. Y yo cené solo la cena que era para dos. Malhumorado y cansado, me duché y me acosté.
Y al día siguiente amanecí de nuevo en el suelo.
Preparé café y le serví a Garfield atún fresco. Fui al baño a asearme y cuando volví a desayunar, lo encontré sentado a la mesa, bebiendo de mi taza.
Así que me comí su atún, y me gustó.
Conduje hasta la oficina, saludé al portero de siempre y fiché. Y ahí estaba el nuevamente. Un gato gordo y anaranjado, sentado en el escritorio de mi oficina, olfateando mis papeles.
Primero había arruinado mi cena con Mariana, ¿y ahora esto? Así que lo llevé hasta donde había estacionado el auto, y lo encerré. Merecía pasar siete horas allí dentro, muriéndose de calor y sed.
- Lo siento mucho jefe, no entiendo cómo pudo pasar esto – me disculpé luego.
- No hay problema, de hecho el gato nos cae mucho mejor que usted – bromeó. Y tuve que reír aunque no quería.
El día transcurrió normal, poco papeleo, alguna que otra discusión con un cliente, pero nada fuera de lo común. Cuando cayó el sol, me fui. Abrí la puerta del auto y entonces Garfield me dio un zarpazo.
- ¡Ay! ¡Gato del demonio!
Había olvidado que estaba ahí dentro. Lo dejé en el asiento de atrás y conduje a casa enojado, lamiendo mi brazo lastimado.
Llegué cansado, comí un poco de atún de la heladera y me acosté a dormir. Últimamente estaba muy agotado… culpa del gato. Me estaba estresando.
Era medianoche y yo me encontraba en el suelo. Ya no me extrañaba despertar allí.
Me acerqué a mi cama. Había algo que me llamaba la atención. Un hilo. Era un hilo que se desprendía de mi frazada. No sé por qué me pareció tan gracioso y divertido jugar con él. Y así me dormí.
Al día siguiente en la oficina, el portero no me dejó pasar. Dijo no haberme visto nunca, y me reí de aquello hasta que me di cuenta de que no era una broma. Llamé a gritos a mi jefe y a uno o dos de mis compañeros pero ninguno respondió. El portero me miró extrañado y me mando a casa, amenazando con llamar a la policía.
Maldije todo el camino a casa, y créanme que dediqué una maldición especial a Garfield.
Al llegar me sentí débil y confuso, caí rendido en el suelo de mi habitación.
Desperté como a las dos horas.
Todo era más grande, los muebles, la cama, la ventana. ¿Qué estaba pasando? No estaba borracho ni drogado. Caminé lentamente hacia la cocina y ahí estaba yo.
Sentado a la mesa, vestido de traje y con mi taza de café en la mano. Y me miré, bueno, miré a quien sea que se hallaba ahí sentado, ocupando mi lugar. Y él me miró, y sus ojos eran impresionantes, de un verde intenso muy poco común.
Entonces lo entendí todo, y maullé en busca de ayuda.
Garfield era un gato gordo y anaranjado, igualito al del dibujo animado, de ahí venía su nombre.
Lo traje un sábado. Acomodé un cojín azul al lado de mi cama, y en la cocina llené un plato con comida y otro con agua, la caja con piedritas en otra habitación.
La primera noche intentó dormir conmigo.
- Salí de acá, gato estúpido – le dije. Pero fingió no oírme, y yo estaba demasiado cansado como para sacarlo, así que lo dejé, sólo por esa noche.
A la mañana siguiente sonó la alarma.
PI, PI, PI. Y desperté… en el suelo. Estaba recostado en el cojín del gato y él me miraba desde la comodidad de mi cama, casi disfrutando aquella situación.
Pasé toda la tarde preparando una cena para Mariana, una chica hermosa con la que estaba saliendo desde hacía algunos meses. Cociné pollo al horno con crema y papas nocete, dos velas y champagne. Había encerrado a Garfield para que no molestara. Porque así son los gatos, siempre molestando a quien menos los quiere cerca.
Mariana llegó y nos sentamos en la sala a conversar. La cena aguardaba servida en la mesa y estábamos a punto de degustarla cuando se oyeron maullidos.
- Parece un gatito – dijo ella – ¿Es tuyo?
- Si – conteste a regañadientes – debe haberse quedado encerrado, ya voy a sacarlo.
Cuando abrí la puerta de mi habitación, un olor fuerte a orín, y mi ropa desparramada por el suelo
- Me las vas a pagar, maldito – murmuré mirándolo a los ojos. Nunca antes me había dado cuenta del color de aquellos, eran de un verde intenso muy poco común en gatos.
Garfield se escabulló por entre mis piernas y corrió a refugiarse en el regazo de Mariana.
- ¡Ay! ¡Es hermoso! ¿Cómo se llama? – Y el estúpido franeleaba su cabeza en la panza de ella.
Eso fue lo que ocurrió en toda la noche. Mariana estuvo ocupada jugando y hablando con él, y luego se fue. Y yo cené solo la cena que era para dos. Malhumorado y cansado, me duché y me acosté.
Y al día siguiente amanecí de nuevo en el suelo.
Preparé café y le serví a Garfield atún fresco. Fui al baño a asearme y cuando volví a desayunar, lo encontré sentado a la mesa, bebiendo de mi taza.
Así que me comí su atún, y me gustó.
Conduje hasta la oficina, saludé al portero de siempre y fiché. Y ahí estaba el nuevamente. Un gato gordo y anaranjado, sentado en el escritorio de mi oficina, olfateando mis papeles.
Primero había arruinado mi cena con Mariana, ¿y ahora esto? Así que lo llevé hasta donde había estacionado el auto, y lo encerré. Merecía pasar siete horas allí dentro, muriéndose de calor y sed.
- Lo siento mucho jefe, no entiendo cómo pudo pasar esto – me disculpé luego.
- No hay problema, de hecho el gato nos cae mucho mejor que usted – bromeó. Y tuve que reír aunque no quería.
El día transcurrió normal, poco papeleo, alguna que otra discusión con un cliente, pero nada fuera de lo común. Cuando cayó el sol, me fui. Abrí la puerta del auto y entonces Garfield me dio un zarpazo.
- ¡Ay! ¡Gato del demonio!
Había olvidado que estaba ahí dentro. Lo dejé en el asiento de atrás y conduje a casa enojado, lamiendo mi brazo lastimado.
Llegué cansado, comí un poco de atún de la heladera y me acosté a dormir. Últimamente estaba muy agotado… culpa del gato. Me estaba estresando.
Era medianoche y yo me encontraba en el suelo. Ya no me extrañaba despertar allí.
Me acerqué a mi cama. Había algo que me llamaba la atención. Un hilo. Era un hilo que se desprendía de mi frazada. No sé por qué me pareció tan gracioso y divertido jugar con él. Y así me dormí.
Al día siguiente en la oficina, el portero no me dejó pasar. Dijo no haberme visto nunca, y me reí de aquello hasta que me di cuenta de que no era una broma. Llamé a gritos a mi jefe y a uno o dos de mis compañeros pero ninguno respondió. El portero me miró extrañado y me mando a casa, amenazando con llamar a la policía.
Maldije todo el camino a casa, y créanme que dediqué una maldición especial a Garfield.
Al llegar me sentí débil y confuso, caí rendido en el suelo de mi habitación.
Desperté como a las dos horas.
Todo era más grande, los muebles, la cama, la ventana. ¿Qué estaba pasando? No estaba borracho ni drogado. Caminé lentamente hacia la cocina y ahí estaba yo.
Sentado a la mesa, vestido de traje y con mi taza de café en la mano. Y me miré, bueno, miré a quien sea que se hallaba ahí sentado, ocupando mi lugar. Y él me miró, y sus ojos eran impresionantes, de un verde intenso muy poco común.
Entonces lo entendí todo, y maullé en busca de ayuda.
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