El jarrón cubano

Recibí el jarrón cubano dos semanas después de la muerte de Elena.
El tipo del correo era un hombre alto y esbelto, con bigote negro y anteojos oscuros.
- Firma acá y número de documento acá – dijo alcanzándome una lapicera y señalándome un espacio en el papel.
Al cabo de unos minutos, se despidió deseándome buen día y dejó en suelo una caja de cartón mediana con el sello FRÁGIL en la tapa.
Me la había enviado mi tío Leopoldo directo desde Cuba. Recibir cualquier cosa de ese hombre me causaba escalofríos.
Mi querida tía Elena y él se habían casado muy jóvenes. En las fotos de la boda, ella lucía un vestido blanco precioso, largo hasta el suelo, y un velo, sujeto por una corona de jazmines. Zapatos negros brillantes con taco alto y lo más impresionante de todo: un anillo. Pero no uno cualquiera. Era un anillo de diamante. Brillante y grande, que lucía en su dedo anular de la mano izquierda.
Elena había soportado por años la locura y trastornos de Leopoldo. Sus ataques de violencia e histeria. Y hasta había accedido a mudarse a Cuba junto a él.
Pobre tía Elena. Había fallecido hacía ya dos semanas. Nadie encontró su cuerpo. Creen que cayó al río con su auto o algo así. No lo sé, nada de lo que dicen es certero.
Una vez dentro de casa, me senté en el sillón con la caja en la mano. Suspiré y la abrí con sumo cuidado.
Dentro de ella, escondido en medio de embalaje de burbujas de aire, se encontraba un jarrón. Era grande como un extintor, de color marrón con motivos florales en blanco. Era hermoso. Al tacto era suave y frágil. Apenas pesaba. Tenía una tapa, estaba cerrado y no me atreví a abrirlo. Sobre todo, después de leer la nota que venía incluida.

“Lamento contactarte en estas terribles circunstancias. Pero es urgente. Tu tía Elena siempre quiso que sus restos fueran tirados en el río de la Plata. Sería de gran ayuda y un gesto de pura humanidad que hicieras algo por ella, yo no puedo. Enserio lo lamento. Espero tener noticias muy pronto y que no te sea tan difícil resolver este tema. Saludos.”

Me sentía mareada y creo que dejé de respirar por un momento. Una angustia irremediable recorrió mi cuerpo.
Los restos de tía Elena. Pobre. Pobre mujer. Tan dulce, tan simpática… y ahora tan muerta.
Y nosotros, la familia… sin saber ni entender cómo pasó.
Pero a pesar de todo esto, no sentía ni una pizca de respeto ni compasión por Leopoldo. No desde la noche en que descubrí que le era infiel. A pesar de jurarle amor eterno a Elena, ahí estaba él, con  los pantalones bajos tocándola a ella. Ella era rubia de pelo largo, no distinguí el color de sus ojos en la oscuridad ni tampoco quise saber su nombre.
Desde ese entonces, mis tíos se divorciaron.
Sé que Leopoldo vive con esa mujer, pero es cierto que no dejaba en paz a Elena. Nunca. La seguía a todos lados donde iba y la acorraló en una calle sin salida alguna que otra vez. Como dije, estaba loco. No me extrañaría si él la hubiese asesinado.
Me extrañó leer el “querida sobrina” en la carta. Él jamás se refería a mí de esa forma. Y la hoja tenía un ligero perfume de mujer. No la había escrito él, seguramente le pidió a la otra que lo hiciera. Estaba segura.
Era relativamente temprano, las diez de la mañana, así que subí al auto y puse el jarrón en el asiento del acompañante, abroché el cinturón para que no cayera.
No me encontraba muy lejos del río, serían unos veinte minutos si no había mucho tránsito.
Por un momento, mientras conducía, sentí que una parte de Elena estaba ahí conmigo, y sonreí.
Al llegar, caminé hacia la orilla, y me introduje un poco dentro del agua. Me tomé un momento para despedirme y suspiré.
- Adiós tía, siempre te querré – dije en voz alta. Y entonces puse el jarrón boca abajo y lo destapé. Algo pesado rodó dentro de él y cayó al agua.
Cuando bajé la vista hacia el agua, ahogué un grito.

No eran cenizas lo que había dentro del jarrón cubano… sino un dedo humano, con un anillo de diamante. 

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