Baco

Una pintura en blanco. Y él.
A sus treinta años, había logrado el sueño de todo pintor: exponer en uno de los museos más importantes  del país. Siempre había tenido talento para aquello, desde que era muy pequeño. Eso, sin tener en cuenta el apoyo incondicional de su familia y amigos. Su nombre empezaba a hacerse conocido en el ambiente artístico. Estaba en lo que se suele llama, el “auge” de su carrera.
Y luego… el terrible accidente.
Un fin de semana del año 1998, lo convocaron para participar de una exposición de pinturas en Canberra, Australia.
Y fue.
Un día anterior al evento, decidió conocer la costa. Se adentró en el mar, profundo, más profundo, muy oscuro. Le costaba ver la orilla… y no era muy buen nadador.
Todo ocurrió en un segundo, de hecho, años después todavía le parece que al recordarlo puede sentir el dolor, puede sentir aquellos cientos de dientes afilados, clavándose como agujas, con la misma facilidad con que se clava un cuchillo en la manteca. Y luego, tironeando, rompiendo para siempre el complejo tejido nervioso de su brazo derecho.
No sé qué sucedió luego con el tiburón, pero sí sé que los médicos dijeron:
“Hay que amputar”
Y nadie pudo hacer nada.
Ese fue el fin de su carrera. Y el comienzo del vicio del alcohol.
Al principio, tomaba para olvidar, y ahora lo hace por costumbre. Su familia y amigos, que lo acompañaron durante tantos años, hoy no le hablan. Nadie quiere relacionarse con un alcohólico.
Ya han pasado veinte años de ese suceso y es probable que encuentres a aquel hombre bebiendo en cualquier bar de Buenos Aires, afligido, desconsolado, decepcionado. A pesar de que hoy en día existe la tecnología necesaria para poder imitar un brazo humano, él no quiere probarlo. Una vez, le pregunté por qué esa negación rotunda. Simplemente tarareó: “Ya no estoy,  ya me fui, ya partí de aquí”
No sé si lo dijo enserio, o estaba borracho como siempre.

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