– ¡Estoy tan cansada! – se quejó la lavadora desde el suelo de la cocina. Era un modelo viejo, de esos que ya casi no se ven, ni tampoco se venden. Estaba tan sucia y oxidada que era un milagro que aún siguiera funcionando.
– El único que tiene derecho a quejarse aquí, soy yo – exclamó el teléfono sentado desde una mesa ratona. Era de color verde, de disco y con el peso de los años se había deteriorado y sus números, eran ahora ilegibles. – ¡Me duele tanto cada vez que, RING RING RING! ¡Ay!
– ¡Yo también estoy harto de este maltrato! – dijo con voz grave el gran reloj cucú al final del pasillo. Llevaba décadas en aquella casa. Era alto y fino, y ocupaba mucho espacio; más de un cuarto de pared. Tenía números romanos y cada media hora, un pajarito hecho de madera y algunas plumas grises, salía de su interior y cantaba: ¡CúCú - CúCú!
De pronto, la puerta de entrada se abrió con un suave rechinido. Afuera todo estaba oscuro y nublado, la lluvia se avecinaba.
Una pequeña sombra se introdujo en la casa, y tomó asiento en la gran mesa redonda de la sala. Se hizo un largo e incómodo silencio.
Al cabo de unos minutos, el reloj preguntó con voz temblorosa:
– ¿Q-quién e-eres?
Silencio.
La lavadora vislumbró una pequeña sonrisa en medio de la siniestra oscuridad. La tormenta había comenzado.
– ¿Quién eres y qué buscas aquí?
Aún más silencio.
– ¿Qué es lo que sucede? – preguntó la vieja televisión. Nadie se había percatado de su presencia hasta ese momento. Era un modelo de los años sesenta, una Zenith. Hacía años que nadie la utilizaba y estaba cubierta por una sábana blanca de algodón, para que no se estropeara demasiado. Antes de escuchar respuesta alguna, se quedó completamente dormida.
– La familia vendrá pronto y va a echarte de aquí – susurró la lavadora.
– ¿La familia? – repitió el intruso, y acto seguido estalló en carcajadas. – No están enterados de nada, ¿verdad? Piensan deshacerse de ustedes. Son viejos, inservibles, inútiles. Como por ejemplo, ésta estúpida lavadora: ni siquiera puede con una simple carga de ropa. – Y dicho esto, bajó de la mesa y se acercó hacia ella. Presionó un botón y la lavadora comenzó a andar cada vez más deprisa. Más y más. Parecía que iba a explotar de un momento a otro. De pronto, la tapa se abrió y la ropa saltó hacia afuera, desparramándose por el suelo de la cocina. Un ruido extraño se escuchó en su interior; y luego, sus luces se apagaron. Había dejado de funcionar para siempre.
Un silencio profundo reinó en la casa. Podía percibirse el miedo en cada rincón, en cada objeto.
– Van a necesitar una buena lavadora, una con capacidad de ocho kilogramos y poseedora de veintitrés programas, entre otras cosas – dijo, y caminó hacia donde se encontraba la vieja televisión y le dio una patada. Ésta se encendió anunciando: “… ASALTAN UN BANCO Y SE LLEVAN LA SUMA TOTAL DE…” y volvió a apagarse.
– ¿Lo ven? Es incapaz de mantenerse despierta. Incapaz de funcionar, como todos los demás, como todos ustedes.
Saltó hacia la parte más alta del reloj cucú y comenzó a darle vueltas a las manecillas, marcando las diez, las once, las doce, la una, las dos, a toda velocidad.
– ¡Por favor basta! ¡Haré lo que sea, jamás volveré a quejarme! ¡Por favor, quiero vivir! – suplicó. Pero el pájaro de su interior salía y entraba, una y otra vez. Las manecillas se quebraron. Las plumas del pájaro se desprendieron y flotaron hasta tocar el suelo. El reloj era anciano, y estaba cansado. No tenía fuerzas para defenderse, ya no podía luchar, y entonces, dejó de existir.
– No vendría mal un nuevo reloj; uno digital, con fondo de color y luces de neón.
El teléfono de disco, estaba aterrado. Quería seguir funcionando ¡No le importaba sonar todo el tiempo! ¡No le importaba el dolor! Pero era demasiado tarde.
Vio acercarse una sombra, un celular negro, de esos “último modelo”, que no tienen ningún botón y por los que cualquier adolescente moriría.
– A esta casa le hace falta un teléfono inalámbrico, con identificador de llamadas, video llamadas… uno sin disco – dijo, y volvió a sonreír.
Tomó el cable en espiral que conectaba el teléfono a la pared y lo arrancó de un tirón. Lo ató alrededor del tubo verde y comenzó a apretar. Lo estaba ahorcando.
– Por favor, no puedo… res-pi-ra…
Pero no luchó, porque ya se había resignado. Esperó la muerte.
- Ja ja ja – rió el celular. Se acercó al marco de la ventana, y, observando la tormenta, se sentó a esperar. Sonreía.
La televisión vieja, despertó y vio a sus amigos en el suelo, muertos. Suspiró y volvió a taparse con la sábana.
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