El calor era abrasador e insoportable.
Yo iba descalzo por un camino de matorrales y los arbustos me pinchaba la planta los pies, pero no importaba porque la sed era mayor que eso. Llevaba una tinaja al hombro, y faltaban apenas dos kilómetros para llegar al río.
De pronto tuve esa sensación. El presentimiento de que algo malo estaba por suceder, un malestar inusual en el estómago y miedo, mucho miedo. Un escalofrío terrible me recorrió la espalda y segundos después, sus afilados colmillos se clavaron en mi pantorrilla. No la vi venir, y aún si la hubiese visto no disponía de tiempo suficiente para escapar. Fueron apenas dos segundos: era una víbora de color marrón, y la muy cobarde escapó. No volví a saber de ella.
El dolor fue casi instantáneo. Me recordó al pinchazo de una aguja, solo que mil veces más agudo y más profundo.
Grité.
Dejé caer la tinaja, y se rompió en mil pedazos. Me arremangué el pantalón dejando al descubierto la herida: eran dos pequeñas gotas de sangre roja y brillante. Tenía que encontrar una rama fuerte y gruesa, era necesario entablillar la pierna para evitar que el veneno siguiera circulando, pero no había ninguna a la vista.
Me sentí totalmente humillado al tener que arrastrarme por culpa de ese bicho del demonio.
Maldije una, dos, tres veces.
Tenía la cara y la palma de las manos llena de rasguños y el sabor de la tierra se había instalado en mi boca, pero al fin había encontrado lo que necesitaba: una rama de casi un metro de largo y otra de medio metro, servirían. Las puse alrededor de mi pierna y las até con una soga que siempre llevaba conmigo. Miré la herida: estaba morada y ardía demasiado. Necesitaba agua. Me dolía la cabeza y tenía náuseas. Me llevó casi cinco minutos ponerme en pie, tenía que llegar a la cueva de la colina. Allí hallaría mi salvación.
Cada paso que daba era un infierno, a cada paso me sentía un poco más cerca de la muerte. El sol radiante en lo alto del cielo no ayudaba a en nada a mi condición, y además de eso, la sed.
De repente sentí algo mojado en mi pantalón y al voltearme vi una mancha marrón que se extendía por mis ropas.
Diarrea.
¡Bicho inmundo y sanguinario!
Y aún tenía que subir la colina.
Caminé con toda mi fuerza de voluntad, pero los síntomas comenzaban a hacer efecto: mi cabeza estaba a punto de estallar, se me retorcía el estómago, un sabor cálido llegó a mi boca y entonces vomité. Apuré el paso, dispuesto a vivir, y tardé casi diez minutos en encontrarla. Se hallaba un poco más lejos que la última vez pero estaba ahí, faltaba poco.
Llegué y entré sin preguntar. Dentro todo estaba oscuro, salvo por la iluminación de un pequeño tragaluz.
Ahí estaba ella.
Vestía una ropa con motivos de pinturas rupestres, una bufanda celeste y marrón, y un manto azul. En su cuello llevaba un collar de piedras y su cara estaba teñida de rojo. Su cabello caía en dos largas trenzas negras, y plumas verdes adornaban sus orejas. Era una mujer entrada en edad, pero sus ojos reflejaban juventud y sabiduría.
Le rogué que me ayudara. Ella se llevó el dedo a la boca e hizo señas de que guardara silencio. Me indicó que me recostara en lo que parecía una especie de mesa de piedra, lo hice.
La chamána arrastró un enorme tambor que había por allí y lo colocó a mi lado. Se sentó y con dos palos comenzó a tocarlo. Pum, pum, pum, pum. El sonido era envolvente y casi melódico, se sentía cada vez más fuerte y más cerca, a pesar de que ella no se había movido un solo centímetro. Luego, alzó su voz en un extraño canto, que sonaba alterado pero liberador.
El sonido del tambor y su canto formaban una perfecta melodía, y en ese momento caí en un estado de trance. Sentí voces susurras, parecían espíritus. Pasaron unos minutos y entonces lo sentí: ella estaba entrando en mi cuerpo. Su alma estaba curando la mía.
Y dejé de ser yo, podía ver, oír y sentir todo a mí alrededor, pero no tenía ninguna clase de control sobre mí mismo. Sentí que el veneno que había recorrido mi cuerpo hasta casi llegar al corazón, cesaba. Y lo sentí irse, como si retrocediera hasta mi pierna, volviendo el camino que había andado. A cada segundo que pasaba, me iba sintiendo mejor, mi cabeza ya no dolía y el dolor en el estómago era una ligera molestia.
Una enorme punzada en la herida, y entonces todo terminó.
Volví a la cueva oscura. Volví a ser yo. Mi pierna ya no estaba morada ni entumecida, y la mordedura había desaparecido por completo, como si jamás hubiera estado ahí, ella me había curado.
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