10 de noviembre de 1990
Querido extraño:
Mi nombre es Rubén, y espero no molestarlo con esta carta. Lo
cierto es que no tengo a nadie a quien contarle mis penas, así que elegí una
persona anónima y completamente al azar para que lea mi historia.
¿Es usted casado? Yo sí.
Se llama Catalina Weber. La conocí en la secundaria. Se sentaba
delante de mí en clase y recuerdo que siempre alzaba su mano para
preguntar. Era una morocha preciosa de
ojos verdes, tímida e inocente. La primera vez que nos besamos fue en casa de
un amigo, y desde entonces fuimos inseparables. Nos sentábamos juntos, volvíamos
a casa juntos (ella vivía a dos cuadras de la mía), y por la tarde salíamos a
caminar a alguna plaza.
Pero… han pasado tantos años, ¿sabe? A veces pienso que ella nunca
me quiso, sino que lo que quiso fue no estar sola.
Poco a poco fue distanciándose de mí. Al principio culpó al
trabajo, alegando que yo llegaba muy tarde, así que reduje mis horas. Luego
fueron mis amigos, así que dejé de verlos… Y con el paso del tiempo, ya ni se
molestaba en culpar a alguien.
Entonces lo supe: ella tenía otro hombre. Uno se da cuenta cuándo
es engañado.
Catalina comenzó a maquillarse todas las mañanas, y a vestir ropa más
ajustada de la habitual. Hasta creo haber visto ropa interior nueva en uno de
sus cajones… y nosotros ya no teníamos sexo.
Una mañana de otoño decidí despejar mis dudas… así que la seguí.
Se levantó bien temprano y se bañó, se perfumó demasiado y se fue
sin decir a donde.
Entonces yo espié por la ventana, y una vez que estuvo demasiado
lejos, subí a mi coche y lo arranqué. Ella caminó 5 cuadras y dobló en la
avenida. Se dirigía al Café-Bar Genna.
Un café al que solíamos ir de jóvenes, aunque en ese entonces se llamaba Cafetería 12 besos.
Entró y se sentó en una mesa del fondo, alejada de la calle. No sé
por qué me sorprendió tanto verla besar a otro hombre.
Ingrata. Viéndose con el otro en el café. Nuestro café. Puta. Mal
agradecida.
Pero fui inteligente y no dije nada. Hubiese sido demasiado fácil
entrar y enfrentarla, demasiado fácil para ella, quiero decir. Ya que tendría
que decir la verdad y aceptar sus sentimientos por otro, admitir las mentiras
dichas… o más bien no dichas, mitigar la culpa. Así que me callé, y me prometí
a mí mismo hacerle la vida imposible a ella, y al otro.
Bien, querido amigo… ¿puedo llamarlo así? Creo que después de
contarle mi historia, somos algo más que simples desconocidos. ¿Comprende ahora
el dolor que siento? ¿Le ha sucedido alguna vez?
Disculpe si esta carta lo incomoda, y no se preocupe por responder.
Me basta con sentir que hay alguien del otro lado. Infinitas gracias, y mucha
suerte en lo que se proponga.
Saludos, Rubén.
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Eso decía la carta que el tipo de campera azul dejó en el correo
esa mañana… sin saber que la dirección
que había escrito, era la de la casa del amante.
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