Por razones laborales mi hermana tenía que instalarse un mes entero en Cuba, así que me pidió entre otras cosas como regar las plantas y pagar las cuentas, que cuidara de su gato. Nunca me habían gustado los gatos, pero accedí con la condición de poder llevarlo a mi departamento.
Garfield era un gato gordo y anaranjado, igualito al del dibujo animado, de ahí venía su nombre.
Lo traje un sábado. Acomodé un cojín azul al lado de mi cama, y en la cocina llené un plato con comida y otro con agua, la caja con piedritas en otra habitación.
La primera noche intentó dormir conmigo.
- Salí de acá, gato estúpido – le dije. Pero fingió no oírme, y yo estaba demasiado cansado como para sacarlo, así que lo dejé, sólo por esa noche.
A la mañana siguiente sonó la alarma.
PI, PI, PI. Y desperté… en el suelo. Estaba recostado en el cojín del gato y él me miraba desde la comodidad de mi cama, casi disfrutando aquella situación.
Pasé toda la tarde preparando una cena para Mariana, una chica hermosa con la que estaba saliendo desde hacía algunos meses. Cociné pollo al horno con crema y papas nocete, dos velas y champagne. Había encerrado a Garfield para que no molestara. Porque así son los gatos, siempre molestando a quien menos los quiere cerca.
Mariana llegó y nos sentamos en la sala a conversar. La cena aguardaba servida en la mesa y estábamos a punto de degustarla cuando se oyeron maullidos.
- Parece un gatito – dijo ella – ¿Es tuyo?
- Si – conteste a regañadientes – debe haberse quedado encerrado, ya voy a sacarlo.
Cuando abrí la puerta de mi habitación, un olor fuerte a orín, y mi ropa desparramada por el suelo
- Me las vas a pagar, maldito – murmuré mirándolo a los ojos. Nunca antes me había dado cuenta del color de aquellos, eran de un verde intenso muy poco común en gatos.
Garfield se escabulló por entre mis piernas y corrió a refugiarse en el regazo de Mariana.
- ¡Ay! ¡Es hermoso! ¿Cómo se llama? – Y el estúpido franeleaba su cabeza en la panza de ella.
Eso fue lo que ocurrió en toda la noche. Mariana estuvo ocupada jugando y hablando con él, y luego se fue. Y yo cené solo la cena que era para dos. Malhumorado y cansado, me duché y me acosté.
Y al día siguiente amanecí de nuevo en el suelo.
Preparé café y le serví a Garfield atún fresco. Fui al baño a asearme y cuando volví a desayunar, lo encontré sentado a la mesa, bebiendo de mi taza.
Así que me comí su atún, y me gustó.
Conduje hasta la oficina, saludé al portero de siempre y fiché. Y ahí estaba el nuevamente. Un gato gordo y anaranjado, sentado en el escritorio de mi oficina, olfateando mis papeles.
Primero había arruinado mi cena con Mariana, ¿y ahora esto? Así que lo llevé hasta donde había estacionado el auto, y lo encerré. Merecía pasar siete horas allí dentro, muriéndose de calor y sed.
- Lo siento mucho jefe, no entiendo cómo pudo pasar esto – me disculpé luego.
- No hay problema, de hecho el gato nos cae mucho mejor que usted – bromeó. Y tuve que reír aunque no quería.
El día transcurrió normal, poco papeleo, alguna que otra discusión con un cliente, pero nada fuera de lo común. Cuando cayó el sol, me fui. Abrí la puerta del auto y entonces Garfield me dio un zarpazo.
- ¡Ay! ¡Gato del demonio!
Había olvidado que estaba ahí dentro. Lo dejé en el asiento de atrás y conduje a casa enojado, lamiendo mi brazo lastimado.
Llegué cansado, comí un poco de atún de la heladera y me acosté a dormir. Últimamente estaba muy agotado… culpa del gato. Me estaba estresando.
Era medianoche y yo me encontraba en el suelo. Ya no me extrañaba despertar allí.
Me acerqué a mi cama. Había algo que me llamaba la atención. Un hilo. Era un hilo que se desprendía de mi frazada. No sé por qué me pareció tan gracioso y divertido jugar con él. Y así me dormí.
Al día siguiente en la oficina, el portero no me dejó pasar. Dijo no haberme visto nunca, y me reí de aquello hasta que me di cuenta de que no era una broma. Llamé a gritos a mi jefe y a uno o dos de mis compañeros pero ninguno respondió. El portero me miró extrañado y me mando a casa, amenazando con llamar a la policía.
Maldije todo el camino a casa, y créanme que dediqué una maldición especial a Garfield.
Al llegar me sentí débil y confuso, caí rendido en el suelo de mi habitación.
Desperté como a las dos horas.
Todo era más grande, los muebles, la cama, la ventana. ¿Qué estaba pasando? No estaba borracho ni drogado. Caminé lentamente hacia la cocina y ahí estaba yo.
Sentado a la mesa, vestido de traje y con mi taza de café en la mano. Y me miré, bueno, miré a quien sea que se hallaba ahí sentado, ocupando mi lugar. Y él me miró, y sus ojos eran impresionantes, de un verde intenso muy poco común.
Entonces lo entendí todo, y maullé en busca de ayuda.
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