Benard era un renombrado psicólogo de cuarenta años y soltero, que vivía en una pequeña ciudad de la que ya no recuerdo su nombre.
Se había recibido a los veintiséis años y a los veintisiete tuvo su primer paciente.
Algunos psicólogos prefieren estudiar diferentes conductas a lo largo de su trayectoria: personalidad obsesiva, depresiva, pasivo-dependiente, pasivo-agresivo, antisocial, narcisista, edípica, etc.
Bernard había elegido una en particular: mentiroso compulsivo.
Tenía cientos de historias de sus pacientes archivadas en su estudio. Mentirosos, todos mentirosos.
“Por un motivo u otro las personas mienten. Para no ser juzgados o culpados, para no lastimar a los demás, para no ser descubiertos, para no enfrentarse a la realidad. Pero al fin y al cabo, mienten. Y cuando la mentira es descubierta, la persona es herida de todas formas. Entonces… ¿Por qué uno miente?
Eso había anotado en su libreta, llena de dibujos, análisis, esquemas, palabras sueltas y ocurrencias de medianoche.
Una mañana fría de invierno, Bernard despertó con una idea en su cabeza. Una idea que si se realizaba, cambiaría la historia del curso del mundo.
Le llevó dos años de noches enteras sin dormir, descubrir la droga que necesitaba: Tiopenato de sodio. Una droga derivada del ácido barbitúrico con rápido efecto como inductor de anestesia y que también disminuye los requerimientos metabólicos cerebrales.
Eso es todo lo que sé, porque nunca se me dio muy bien la química, y él no supo explicármelo de otra forma.
Lo probó en mí por primera vez.
Me pidió que elaborara una mentira y se la contara, sosteniéndola. El me inyectó un líquido azul en el brazo que me mareó al instante, y luego me dormí.
Bernard anotó en su libreta que era muy buen anestesiante, e incluso pensó en vendérselo a los médicos para que pudieran operar sin causar dolor… pero lo importante para él era darme dosis más pequeñas.
No sé cuántas veces más experimentó conmigo hasta encontrar la dosis justa para no dormirme, pero lo consiguió.
Y de nuevo me pidió que ideara una mentira y se la contase. Eso hice mientras él me inyectaba nuevamente. Esa vez no me mareé, pero comencé a hablar lento y pausado. Y Bernard sonrió.
Me explicó que la mentira es una elaboración compleja y consciente, mucho más complicada que la verdad. Así que, si se deteriora la actividad superior cortical, al sujeto le resultara mucho más complicado mantener su voluntad y la verdad fluiría en la conversación con facilidad.
Aun así era un gran invento, una inyección y te la persona mentirosa se delataría.
Pero Bernard quiso llegar más lejos.
Me llamó dos semanas más tarde de aquel descubrimiento para una nueva sesión de experimentación. Esta vez el líquido era de color verde. Dijo que lo había mezclado con otra cosa, otro químico difícil de pronunciar.
Así que lo mismo de siempre.
Y esa vez funcionó.
- Me demoré en venir porque tuve que ayudar a mi vecina a cambiar su foco de luz y estaba… me levanté tarde y… ¡Oh por dios! ¡Doctor, si funciona! En realidad no quería decirle la verdad, pero lo estoy haciendo, ¡Lo estoy haciendo! Es fantástico.
Y Bernard y yo brindamos con champagne.
No volví a saber de él sino, dos años más tarde cuando el “suero de la verdad” salió a la venta. Todo el mundo lo compró… y no creo recordar una época más miserable que esa.
Engaños, mentiras, fachadas… todo salió a la luz. Incluso los secretos más oscuros que una persona pudiera tener. Inyectaban a niños, ancianos, criminales… creo que eso fue lo único bueno. Se resolvieron muchos crímenes y personas culpables pagaron por lo que habían hecho.
Pero la gente estaba muy asustada, y enfurecida con el Dr. Bernard. Eran capaces de cualquier cosa.
Y lo siguiente que supe de él, fue que se había suicidado, exactamente dos años más tarde de haber lanzado el producto a la venta.
Dijeron que habían encontrado una nota de suicidio en su estudio/laboratorio.
Pero eso, por supuesto, era otra mentira.
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