Un day en la gran city

- Llegó hace dos semanas – dijo Pablo. – Vino del campo.
Yo apenas lo escuchaba, la estaba observando. Bailaba con sus amigas en una esquina del boliche. Tenía el pelo negro, largo, atado con un moño rojo, vestía una camisa blanca tan transparente que dejaba ver su corpiño debajo, y cada tanto se acomodaba disimuladamente la pollera, que se le subía cada vez que movía los pies.
- Linda la gauchita – le dije a Pablo y ella se volteó como si hubiera oído. Eso hizo que me animara a hablarle.
Me acerque bailando torpemente con un trago en la mano. Le sonreí, ella no me devolvió la sonrisa. Sus amigas se hicieron a un lado y usé mi voz más seductora para decirle:
- ¿Así que vos sos vecina de mi amigo? – y señalé a Pablo.
Ella no contestó, entonces le ofrecí mi trago.
- Gracias – dijo. Lo agarró y tomó un sorbo.
Sus amigas me miraron con mala cara, le hicieron una seña y ella asintió revoleando los ojos, se fueron.
- ¿Y, preciosa? ¿Cómo te trata Buenos Aires?
- Bien, bien, aunque todo es muy ruidoso, ¿sabes? La calle, las casas – dijo tímidamente.
- Entonces este lugar debe parecerte insoportable – le dije, y ella rio aunque no fue gracioso. Tomó otro sorbo.
Después de diez minutos de charla supe cosas como su nombre, su edad,  sus mascotas y su sabor de helado preferido. También me contó que vivía con su tío hasta hace dos años atrás.
- Quiso probar suerte en la gran ciudad. Ahora tiene una ferretería, y le va bien. Mi papá trabaja con él ahora – suspiró.
- ¿Extrañas mucho tu casa? – le dije acariciándole el pelo.
- No tanto, siempre quise irme lejos.
- No es tan lejos igual… ¿Cuánto tenés? ¿Tres horas de viaje, máximo?
- No es eso, no me refiero a la distancia – dijo riendo – Mi sueño es conocer Londres, Nueva York… – volvió a suspirar. Casi había terminado el vaso.
- Preciosa, creo que el destino acaba de unirnos porque, ¡Qué casualidad! Yo paso todos los veranos allá. Mi abuelo vive en Manhattan.
- ¿Enserio? – dijo ella y abrió los ojos bien grandes. – Me encantaría vivir allá.
- Somdei mai darling – dije con acento británico.
- Pará… ¿Sabés inglés?
- Of cors, pasar tres meses de verano cada año en Manhattan suponen una ligera pero notoria diferencia en mi pronunciación del inglés. Aunque supongo que ya la notaste.
- Hablame algo por favor – pidió juntando las manos.
- Oquei, oquei – dije yo – Am, sabés uat? Tuve mucha loqui de haberte encontrado dis naigt acá
- ¡Ay! ¿Enserio?
- Iea, iea… yo nunca vi ais tan biutifuls como los iors
- Ay muchísimas gracias, sos muy dulce – dijo ella sonriendo.
- Sirisly, te vi y mai jart se detuvo, stoped. Yo pensé: ai nid talc tu jer
-Gracias… aunque no sé qué tengo de especial. Muchas chicas vienen a bailar acá.
- Si, pero yo vengo ol saturdais y ninguna gerl col mai atenshon… pero vos lo hiciste.
- ¿Cómo es Manhattan? – preguntó. Algo había cambiado en su mirada.
- Am… manjatan is a big citi con muchos turist y monuments
- ¿Monumentos? Me encantan los monumentos y los museos, ¿Qué monumento tienen?
- El mont rushmor
- ¿Enserio? ¿El de los cuatro ex presidentes?
- Iea, iea… my grandfader y yo visit ese monument evri somer
Ella me miró con desdén y virtió el poco alcohol que quedaba en su vaso.
- Tres cosas porteño – me dijo – Una: Manhattan no es una ciudad, es una isla. Dos: el Monte Rushmore queda en Dakota del Sur. Y tres: que venga del campo no significa que sea estúpida

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