¿Ella? Ella nunca existió más que en tu mente.
Es natural que después de ver algo tan logrado y fascinante, creas
que todo lo que hiciste es pura basura.
La agencia era secreta. Tan secreta, que los que trabajaban
dentro, no podían mencionarla. La agencia tenía como objetivo, encontrar a las
medias mitades de las personas. Solo había una regla: Si estabas dentro, no
podías enamorarte, bajo ningún concepto.
Pero él no lo resistió.
La mano huesuda se acercó a mí, rozándome con sus fríos dedos.
- Ya es hora – dijo. Y yo asentí en silencio.
Para cuando me di cuenta, ya era demasiado tarde. Se había ido a
donde sabía que yo no podría ir jamás.
Cayó lentamente y sin aviso. Aplastando todos mis huesos hasta
hacerlos crujir.
Entonces, de diez bancos disponibles, tuvo que sentarse en el
mío. Aún no sé si por venganza, celos, gracia, o por esa pequeña cosa que dije
sobre ella un tiempo atrás.
No sabía que decir, entonces no dije nada.
-Doctor… el implante no funciona.
- ¿Cómo qué no? Usted dijo que oía más que bien.
- Verá doctor… puedo oír lo que usted está pensando en este
momento.
Una vez, antes del fin, me enamoré de vos.
Llovía.
Nunca en mi vida había visto algo tan rápido. Cada segundo que
pasaba se acercaba más y más, pero ya era demasiado tarde para huir. No podía
hacer nada, pronto todo habría acabado.
Entonces, en medio de esa mezcla de miedo y satisfacción, recordé.
No estaba segura si funcionaria o si lograría salvarnos, pero tenía
que intentarlo.
- Perdón – dije, y lo mire fijamente a los ojos.
Ella simplemente lo miró. Sus ojos reflejaban tristeza, y una
profunda soledad. En ese momento, Daniel sintió algo extraño, algo que nunca
antes le había sucedido. Sintió conexión. Y supo que tenía que hablarle.
Lo único que quería era sexo, y esta vez no tenía dinero para
prostitutas. Aunque eso nunca había sido un problema para él; una sonrisa
pícara y las mujeres caían rendidas a sus pies. Las veía en cada recital, sus
rostros babosos, impacientes, arrastrados e impúdicos. Desesperados por un poco
de atención… que no dudaba en otorgarles.
Mamá volvió del trabajo con una bolsa de caramelos. Pero cuando
los vi, le reproché que esos caramelos solo le gustaban a la gente grande. Pero años más tarde me di cuenta de que no era el sabor lo que le gustaba de ellos, sino
la sensación de volver a la infancia.
El mimo se acercó a mí y yo grité, pero nadie podía oírme. No
comprendo porque las personas temen a los payasos. Deberían temer a los mimos.
Realizan cualquier cosa, sin hacer un solo ruido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario