Cae el sol en la aldea del norte. Es hora de morir.
Los hombres vuelven a sus casas con la paga del día, las adolescentes se despiden de los muchachos recibiendo un beso en la mano, las mujeres regresan de lavar la ropa en el rio, las madres arropan a sus niños y les dan un beso. Dejan siempre una vela encendida, siempre.
Las puertas son trabadas, las ventanas cerradas, y la leña prendida. Comen, todos cantan la misma canción.
Hace ya treinta y cinco años que la luna no está. Un día desapareció, así como así, y nunca más volvió. Cada vez que el sol cae, que la luz se va, alguien muere. Bebés, niños, jóvenes, ancianos, la muerte no discrimina.
Cae la noche y la última vela se apaga. Oscuridad total. Todos saben lo que eso significa.
Se oye un grito.
Es Daron, el hijo mayor del líder. Murió dormido.
La aldea guarda silencio durante unos minutos, es lo acostumbrado. Algunas mujeres lloran, otras se alegran de que no les tocó a ellas.
El pueblo se reúne alrededor del cuerpo del joven para velarlo. Entre os presentes, se encuentra Syrá, su hermano menor.
- ¡Esto debe terminar! Es hora de un sacrificio – dice.
Silencio, nadie quiere ser el chivo expiatorio.
La gente es conducida a un punto de la aldea donde se supone que la luna se encontraba, ya nadie lo recuerda con exactitud.
Van a prender una hoguera y Syrá se ofrece como sacrificio.
No protesta ni dice una sola palabra mientras su cuerpo es incinerado, consumido por las llamas. Se siente orgulloso.
Más calor, y olor… un olor terrible. Y dolor… cada vez más, cada vez más carca.
Es hora de morir.
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