Veinticinco centavos

- Vayamos a la plaza, por favor – dijiste, y enseguida supe que querías hablarme de algo importante. Siempre habíamos elegido ese lugar para charlar de cosas serias.
Caminamos pisando las hojas secas que caían de los árboles. Era otoño.
Al llegar, nos sentamos en un banco marrón. Estaba casi segura de que ibas a hablarme de tu ex. Al menos, eso habías hecho durante los últimos cinco meses.
Prendí un cigarrillo y le di una pitada. Me miraste mal, nunca te había gustado que fume.
- Me voy. – dijiste de pronto.
- ¿A dónde?
- Al sur, siempre al sur.
- Es por Mayra. – dije, más como afirmación que como una pregunta.
Te quedaste callado.
Tiré el cigarrillo al suelo, sin apagarlo. Ahora tenía un gusto amargo.
- Entonces… dejás todo. ¿Qué va a pasar con Juan?, ¿y con Daiana? Tu vieja se va a quedar sola. ¿Y el futbol? Vos no podés vivir sin jugar futbol.
Te reíste. Tu risa siempre me había parecido falsa, pero ésta vez, realmente lo era.
- Necesito cambiar de aire, irme lejos. Allá todo es distinto, la gente, el clima, el tiempo…. No puedo quedarme más acá, todo me recuerda a ella, ¿entendés?
Tragué saliva. Me hervía la sangre. Me puse en pie de un salto y caminé hasta la calle. Volví, llena de rabia y te grité en la cara:
- ¡No, no entiendo! ¿Por qué no abrís los ojos de una vez? Date cuenta de que la persona por la que estás sufriendo, no lo vale. Te conozco hace tiempo, sos mi mejor amigo y no te mereces todo esto, no es justo que te vayas. Me decepcionás tanto… ¿No te acordás de todo lo que te hizo?
Te quedaste callado. Me senté al lado tuyo y te abracé pidiéndote perdón.
- Sos la única persona en la que puedo confiar. – dijiste.
- Y vos sos la única persona que me entiende… por favor no te vayas. – Me costaba respirar, y el dolor en el pecho del que habíamos hablado tantas veces, ahora se hacía presente en mí.
No sé cuánto tiempo estuvimos así, callados. Tampoco sé cuánto tiempo me llevó armarme de valor para lo que iba a hacer.
Con una mano te agarré la cara, te obligué a mirarme. Suspiré. Cerré los ojos. Me acerqué lentamente hasta que nuestras bocas estuvieron separadas por milímetros, y entonces te besé. Me devolviste el beso. Lento, suave, perfecto. No sé cuánto duró, pero fue suficiente. Tu lengua terminó de girar en mi boca, y entonces te alejaste. No dijimos nada, no hizo falta. Apoyé mi cabeza en tu hombro, y nos quedamos en silencio hasta que cayó el sol.
De pronto, te levantaste de un salto. Metiste la mano en el bolsillo de tu pantalón y sacaste una moneda de veinticinco centavos.
- Esta moneda tiene la última palabra – dijiste. – Si sale cara, te abrazo, te lleno de besos, y no me voy a ningún lado. Si sale ceca, me despido para siempre, y hacemos de cuenta que nunca nos vimos, que acá no pasó nada.
Sin darme tiempo a responder, la tiraste. La moneda giró en el aire, dio vueltas eternas, y finalmente cayó al suelo. La levantaste y me miraste. Sonreíste.
No dijiste nada, no hizo falta.

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