Una noche de noviembre de 1935, mientras se encontraba recostado en una de las butacas de la Academia de Bellas Artes de Cracovia, Polonia, Thadeusz Kantor, futuro actor y director de teatro, tuvo un sueño.
Soñó que caminaba por una de las tantas calles de la plaza Rynek Główny. Todo estaba perfectamente iluminado, y se encontraba vacía, por eso la había elegido. En una mano llevaba una libreta de cuero, y en la otra, una lapicera de pluma. Estaba escribiendo lo que él mismo denominó “la mejor obra de teatro de la historia”. Había llenado casi todas las páginas, cuando de pronto vio algo a lo lejos. No pudo distinguirla al principio pero luego supo que se trataba de una mujer. Estaba desnuda. Se le acercó contoneándose y silbando una hermosa melodía, entonces se dio cuenta de que no se trataba de una mujer. Era un maniquí con peluca rubia y ojos azules. Le sonreía.
Thadeusz pensó que debía de tener mucho frío, entonces le ofreció su tapado. Ella lo miró, sus ojos plásticos irradiaban ternura. Lo tomó, y entonces le envolvió la cabeza. Unas manos fuertes lo amordazaron y se lo llevaron a rastras. Thadeusz gritó, pataleó e imploró, pero no sirvió de nada. A pesar de tener la visión obstruida, supo hacia donde lo llevaban: su taller. Al llegar, lo sentaron en una silla y lo amarraron, luego le sacaron la mordaza y el tapado.
Maniquíes.
Eran cinco, desnudos igual que la mujer, y hechos de plástico.
- Queremos actuar en tu obra – dijeron al unísono.
Se produjo un silencio incómodo, ellos esperaban una respuesta.
Thadeusz vaicló. Si accedía, sus colegas se reirían de él, nadie lo tomaría en serio y su obra jamás llegaría a nada. Pero si decía que no, temía que le hicieran daño.
- Ne-necesito hacerles una a-audición – tartamudeó.
Sin decir ni una palabra, los maniquíes se pusieron en fila, uno al lado del otro e improvisaron algo sobre un científico. Eran muy buenos, hablaban alto y claro, sabían moverse en el escenario y eran ocurrentes. De entre ellos, la mujer era la que más destacaba: sus movimientos eran suaves, delicados, sus expresiones no muy exageradas, ni desprovistas de emoción. Luego cantaron una canción ensayada sobre el amor, y no desafinaron ni un poco. Hasta alcanzaron notas imposibles. Al final incluyeron un número de baile con una vuelta en el aire y saltos mortales, y finalizaron con una explosión de colores, que habían preparado minutos antes.
Los maniquíes lo miraron expectantes, estaban tomados de las manos y nerviosos.
Thadeusz los aplaudió, y de haber podido, se hubiera puesto de pie. Estaba anonadado, jamás había visto tan buenos actores como aquellos. Los maniquíes lo desataron y le pidieron disculpas.
- Es la única forma de ser escuchados – explicaron – nadie nos toma en serio.
- Tienen el papel, por favor vuelvan mañana para ensayar, la obra estará casi lista.
Ellos se fueron tarareando una canción, felices.
Y de pronto, Thadeusz despertó.
Ya no estaba sentado en su taller, estaba recostado en una de las butacas de la academia, todas las luces apagadas, y aún tenía su libreta en la mano. Recordó lo soñado, y sonrió.
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