Walter era un hombre soltero de casi treinta años. Vivía en un departamento de Caballito, y aquella noche se encontraba sentado frente a su computadora escribiendo una novela.
Se tenía fe, porque hacía apenas treinta segundos, se le había ocurrido la frase perfecta para finalizar:
“Y nunca nadie le preguntó su nombre.”
- Y nunca nadie le preguntó su nombre – dijo en voz alta.
“Si, sí. Suena muy bien” pensó.
Y se imaginó firmando portadas y dando conferencias.
Se levantó de su sillón negro, y fue a servirse una cerveza, como siempre hacía antes de terminar un libro. La bebió, estaba fría y sabrosa. Se secó los labios con la manga de su campera y volvió a sentarse. Sus dedos bailaban en el teclado y estaban a punto de presionar la tecla “Y” cuando el teléfono sonó. Decidió ignorarlo pero el RING le taladraba el cerebro.
- ¡Ya voy! – gritó, como si pudieran oírlo del otro lado. Corrió hasta el living y atendió malhumorado:
- Si, ¿que pasa?
- Hola… ¿Roberto? – dijo una voz de mujer mayor.
- No – contestó él – Yo soy Walter. – Y cortó golpeando el teléfono con fuerza.
A regañadientes, se sentó de nuevo en su sillón, dispuesto a terminar la novela… cuando no supo que escribir.
“Mi frase”, pensó.“Yo tenía una frase”
No podía recordarla.
“Nadie le dijo… no, no. Nunca pude preguntar… No, tampoco. ¿Cómo demonios era?”
No la había anotado en ninguna parte.
Repitió mentalmente los pasos que había hecho, con la esperanza de recordarla:
“Novela casi terminada, cerveza, teléfono… No, no, la frase venía antes.”
Comenzó a desesperarse. Tomó el teléfono con ambas manos y lo tiró al suelo. Vio como sus piezas rebotaban en las paredes y se desparramaban por el suelo, y lo disfrutó.
Meses más tarde, la novela de Walter fue publicada, y tuvo mucho éxito. Firmó algunos autógrafos y se mudó al barrio de Recoleta, consiguió a una hermosa mujer y podría decirse que es feliz… salvo por el hecho de que aún hoy, cinco años después, sigue sin recordar la frase.
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