Cazapalabras

Alan cumplía dieciocho años, y todos los habitantes de la aldea, sabían lo que eso significaba: Era un hombre. Y por tanto, estaba listo.
De joven, su padre había sido uno de los mejores cazadores, y esperaba lo mismo de él. Por eso, desde pequeño, Alan había sido instruido sobre la cacería de palabras.
Sabia muy bien que eran traicioneras. Por ejemplo, la palabra "transformación", en efecto tenía el poder de transformarse en cualquier otra. O la palabra "silencio" atacaba sin hacer un solo sonido. O la palabra "invisible" no se dejaba ver hasta estar a metros de su víctima. 
Aquel día, fue llevado hasta la colina mas alta, y su padre le dijo al oído:
- Es hora. Debes mantener intacto el honor de tu familia. Sé que vas a hacerlo bien.
Alan estaba armado con un arco y un costal de flechas que él mismo había fabricado con madera seca de un cedro. Respiró hondo y descendió hacia el corazón del bosque. 
Para seguir la tradición que desde hacía años se había impuesto en la aldea, tenía que volver en menos de setenta y dos horas con una presa. 
Muchos aspirantes a cazador, se conformaban con capturar una palabra aguda (las más fáciles de atrapar), pero Alan pretendía volver a la aldea con una palabra esdrújula. Las palabras esdrújulas eran casi imposibles... rápidas, voraces, e infalibles a la hora de matar. Una vez que olían tu miedo, eran incapaces de controlarse. Su hambre, insaciable. Atacaban directo al corazón, y lo arrancaban del pecho sin piedad. Así había muerto su mejor amigo, y quería vengarlo.
De pronto oyó un ruido de pisadas detrás de él. Se preparó y volteó rápidamente. Pero no, no era una palabra. Era un humano. Parecía mayor que él, y también portaba un arco y flechas. Era uno de los suyos, un aspirante.
- Mi nombre es Finn - le dijo aquel, escrutándolo. - Espera, no digas nada, vos debes ser Alan, futuro cazador por excelencia, he oído mucho sobre tu padre, él fue uno de... - pero de pronto enmudecieron. Oyeron un gruñido, seguido de una respiración entrecortada.  
- Atrás tuyo - articuló Alan. La palabra "explosión" se hallaba a pocos metros de ellos, dispuestos a atacarlos.
Pero Finn se quedó ahí parado sin saber que hacer. No se movió un solo centímetro.
"Explosión" saltó sobre su cabeza, dispuesta a devorarlo, cuando una flecha le atravesó el pecho, y entonces explotó, como era esperado.
Ambos saltaron hacia un costado, y la palabra desapareció por completo, dejando un pitido sonoro en el aire.
- ¡¿Qué es lo que te pasa?! - gritó Alan una vez que las cosas se hubieron calmado. - ¡Era mi mejor flecha!
- Perdón - susurró Finn - No soy cazador.
Alan no dijo nada. Había oído acerca de personas como él. "Residuos sociales", solía llamarlos la aldea. Jóvenes que no habían completado la iniciación. Jóvenes inservibles y cobardes, que jamás podrían luchar por el bienestar de todos. Finn era uno de ellos.
- No me mires así Alan - le dijo titubeando - ¡Yo jamás quise ser algo que no soy! Pero tenía tanto miedo a ser expulsado... ¿Cómo podría volver ahora? No soportaría sus pequeños ojos, escrutándome, juzgándome... y mi padre, ¡mi padre!. Siempre me ha llamado "residuo social", Desde muy pequeño. ¿Cómo podría enfrentarme a él ahora? Es mejor así. Es mejor que crea que fui asesinado... o cualquier cosa antes que ser un cobarde. 
- Sabes Alan.... siempre pienso... que en una realidad alegre y perfecta, yo sería como vos. Un cazador nato, audaz, infalible.
- Sabes Finn... en una realidad alegre y perfecta, yo no sería cazador.

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