El rey de Argath era un hombre malhumorado, egoísta y cruel, que no tenía respeto por nada ni nadie, y que no amaba a ningún ser vivo sobre la tierra.
A pesar de gozar de una bella esposa, comida, joyas y todo lo que quisiera tener... no era feliz. Decía estar aburrido, cansado de su vida, de la vida en sí.
Por eso, una mañana fría y gris de otoño, se levantó mas temprano que de costumbre. Llamó a uno de sus pajes, al mas leal, y lo condujo el silencio hacia el ala oeste del castillo.
- Deseo ser ejecutado hoy mismo - le dijo.
Se hizo silencio.
Aquel no comprendía muy bien lo que estaba sucediendo. Sabía muy bien que bajo ningún concepto podía desobedecer una orden... pero, ¿una ejecución?
- Su majestad, con todo respeto... ¿está usted seguro de lo que acaba de decir?
- ¡¿Acaso estás poniendo en duda mi palabra?! - contestó el rey con aquella voz grave que ponía punto final a cualquier discusión.
- Por la tarde todo estará listo - dijo el paje, y se retiró.
En el trascurrir del día, el soberano se recluyó en su habitación y no habló con nadie. En cada rincón del castillo podía oírse rumorear a los sirvientes acerca de la extraña decisión. Algunos entristecieron, otros no. Y el pueblo... bueno, al pueblo le importaba un bledo lo que sucediera.
El sol cayó a las seis de la tarde, y el paje golpeó los aposentos del rey. Lo vistió con ropajes negros y le cubrió la cabeza con una capucha también negra.
Estaba listo para morir.
El pueblo entero asistió a la ejecución, y en pocos minutos, lo vieron aparecer escoltado por dos grandes custodios.
Lo acomodaron con cuidado en la guillotina. La cuchilla había sido afilada por la mañana.
El verdugo se posicionó frente a él y rió por lo bajo. Accionó la palanca y todos los allí presentes enmudecieron.
El rey de Argath había muerto.
Las horas pasaron y las personas volvieron a sus tareas habituales, las mucamas a limpiar el castillo, los cocineros a preparar exquisitas comidas y los altos cargos a decidir que harían a continuación.
El encargado de limpiar la guillotina se acercó, y con una mano levantó la cabeza sersenada del suelo, quitándole la capucha negra, dejando al descubierto, la cara del paje.
Dicen los que saben, que el verdugo rió muy fuerte aquel día. Se encerró en su habitación y se quitó la máscara, reflejando en el espejo, la cara del rey de Argath.
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