Algunas personas nacen destinadas a la grandeza, otros la logran a lo largo de su vida, y algunos no la consiguen nunca.
Martín era uno de esos.
En las escondidas lo encontraban, en la rayuela se tropezaba, en el truco no sabía mentir, los dados eran sus peores enemigos y de la lotería mejor ni hablar.
¡Hasta perdía en el solitario!
Pero hay un dicho que dice: Afortunado en el juego, desafortunado en el amor. Él era un perdedor en ambos.
Había tenido tres novias a lo largo de su vida. La primera había resultado lesbiana, la segunda lo cagó con su mejor amigo y la tercera se mudó a Alemania y nunca más supo de ella.
Iba caminando por Avenida Rivadavia, era lunes, el día mas agitado de la semana.
Tropezó con ella: una morocha de ojos verdes y mirada soñadora. Llevaba una camisa blanca, pantalones ajustados, zapatos de tacón. Y en sus manos, una pila de papeles blancos y amarillos, que ahora descansaban desparramados en el suelo.
Él se disculpó y se agachó para ayudarla.
“Soy Nancy” dijo ella con voz dulce y clara. Sus pestañas eran largas, larguísimas, y estaba perfectamente maquillada, ni muy muy, ni tan tan. Sus pecas se distribuían en todo el rostro y escote, que Martín miró disimuladamente. Olía a menta fresca, y chocolate. Perfecta combinación.
No dudó y le dijo: “Si querés te acompaño hasta donde tengas que ir, así me aseguro que no tropieces con otro boludo”.
Ella sonrió.
Caminaron juntos hasta la casa de ella. Parecían conocidos de toda la vida. Hablaron de la infancia, la adolescencia, los primeros amores y desamores, los amigos, la familia, anécdotas, noviazgos y música, sobre todo música. Era fana de The Strokes.
Martín no era muy experto en mujeres pero enseguida se dio cuenta de que estaba interesada. Y se imaginó como seria tomarle el cabello con una mano, y besarla apasionadamente.
“Vivo acá” dijo Nancy frenando en la entrada de un edificio enorme, altísimo.
Él se impacientó.
¿Qué hago? ¿Le pido su número? Va a pensar que soy un boludo, o capas que no… me sonreía con ganas y encima está buenísima… como perder no pierdo nada.
Tomó aire y exclamó: “¿Che… me pasas tu numero? Si querés, obvio”
Ella lo miró con tristeza y agachando la cabeza dijo: "Tengo novio, y es celoso”.
Le dio un beso en la mejilla, tomó sus llaves y abrió la puerta del edificio. Ni siquiera se volteó a verlo por última vez. Martín se quedó allí parado, solo. Después de todo, siempre había sido un perdedor.
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