Era lunes, y estaba nublado.
Bajé del colectivo 161 y crucé la atestada calle. Caminé hasta toparme con la puerta negra que, como de costumbre no estaba cerrada con llave. La empujé con fuerza y oí como se cerraba tras de mi con un estruendo.
El camino era de ciento veinte metros de baldosas de cemento y el complejo de cuatro edificios se hallaba al final de él. Apartados como siempre, como si quisieran ocultarse del mundo.
Yo vivía en el número dos.
Eran viejos, o al menos eso indicaba el moho oscuro adherido a sus paredes. También tenía “manchas de lluvia” como me gustaba llamarlas, ya que el agua arrastraba la mugre acumulada en las esquinas, manchando las paredes de un sucio color gris. Eso le daba un aspecto más que tétrico.
El camino estaba bordeado por árboles y plantas de todos los tamaños: las que caen en forma de palmera, las que tienen espinas, un rosedal y unas flores parecidas al jazmín de las que nunca supe el nombre. Las hojas secas y amarillentas que se desprendían de los árboles se arremolinaban a mis pies.
Al final del camino había un paredón enorme de ladrillos con una enredadera rodeándolo, abrazándolo. Del otro lado se veían pinos altísimos de los cuales se desprendían acículas cuando el viento soplaba fuerte. Más lejos había un campo de golf. Lo sabía porque en repetidas ocasiones las pelotas de los jugadores pasaban el paredón, y caían de este lado.
Seguí caminando, ya estaba cerca. Mi departamento se hallaba en la planta más alta y desde donde estaba pude ver a mi perro caniche ladrando y moviendo su cola alegremente. Le grité que se metiera adentro pero no escuchó.
Antes de entrar me limpié los pies en la alfombra de mimbre. Luego metí la llave en la cerradura y abrí. Encendí la luz del pasillo y llamé al ascensor, estaba muy cansado para subir por las escaleras. Vino en pocos segundos. Sus puertas se abrieron y una vecina del piso de abajo salió de su interior. Nos saludamos con un simple “hola” y se fue. Quedé solo en el ascensor y presione el botón Nº 12 para subir a mi piso.
Una vez arriba, salí del ascensor y entré a mi casa.
Me quedé helado.
Todo allí había cambiado. Una mesa de madera reemplazaba a la de roble negro que siempre había tenido en la sala del comedor. A lo lejos, un sillón azul. Jamás me había gustado ese color Los cuadros del océano que colgaban de la pared también eran distintos, ahora mostraban escenas de campo, vacas y una granja. El aire acondicionado ya no estaba y la estufa había cambiado de lugar. Las cortinas no eran de la misma tela que las mías. Hasta el olor de mi casa era distinto. Tomé el teléfono, que ahora era de color negro y de disco y me dispuse a llamar a mi mamá. Iba a preguntarle si ella había hecho esos cambios mientras yo no estaba, pero era imposible ya que me había ausentado por un corto período de tiempo.
Entonces se me ocurrió la respuesta más obvia: me había confundido de departamento.
Salí de allí y observé la letra colgada en la puerta. Era la “C”, y el número del pasillo el 12.
Y no podía haberme confundido de departamento ya que había visto a mi perro por la ventana y había tomado el mismo camino de siempre.
Al parecer todo estaba en orden… pero esa no era mi casa.
Entonces desperté y la realidad me golpeó en la cara sin piedad. Me incorporé de un salto del colchón agujereado y me refregué los ojos. Sí, me encontraba en la puerta de la iglesia, y mi carro despintado de madera, con cartones y papel acumulado en él, se hallaba a unos metros de mí. Y entonces lo entendí todo.
Yo jamás había tenido una casa.
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