Freak: término coloquial que se utiliza para referirse a una persona cuyo comportamiento, aficiones gustos, o vestuario son diferentes al del resto de la gente.
Según ésta definición, soy un freak, y no lo sabía hasta mi primer día de secundaria.
Durante toda mi infancia, mamá y papá me habían educado en casa, así que nunca había tenido la oportunidad de concurrir a una escuela, ni sabía cómo sería mi primera experiencia allí. Había intentado sociabilizar con los demás niños de mi edad a lo largo de los años, pero lo cierto era que no me gustaba estar encerrado en una habitación por mucho tiempo, ni tampoco jugar videojuegos toda la tarde, así que no tenía casi amigos.
Un día antes de comenzar las clases, mamá se preocupó por mí. Me dijo al oído que yo era especial y que tal vez mis gustos fueran diferentes del resto de mis compañeros. Le dije que intentaría hacer amigos y ella se ofreció a teñirme el pelo.
- Mmm, tenemos tintura verde, azul, roja, naranja, rosa… ¿Qué color preferís?
- El mío me gusta, gracias ma. – respondí. No quería colores ni peinados raros, sólo mi castaño natural y peinado hacia atrás, como siempre lo había tenido.
Papá también quiso aportar, así que me sentó toda la tarde frente al televisor mientras ponía y sacaba dvd’s sin parar.
- Estas series están de moda entre los jóvenes – explicó. – La que estamos viendo se llama Naruto
- No me gusta
- ¿Y esta? ¿InuYasha?
- Puaj
- ¿Y… Dragon Ball Z?
- No papá, perdón.
- No puedo creerlo, todos los chicos de tu edad ven Dragon Ball Z, tu hermana jamás se perdió un capitulo – dijo, y se dio por vencido.
Mi hermana intentó hacerme cambiar de parecer respecto a mi aspecto físico.
- ¿Qué tal un expansor en la nariz? Se está usando mucho últimamente – preguntó con una aguja en la mano.
- No quiero respirar de más
- ¿Y unas estrellas bajo la piel de la nuca?
- ¿Para qué? Si no voy a poder verlas.
- ¿Lentes de contacto rojos o blancos?
- Veo bien, gracias.
- ¿Un piercing en la lengua? Para ir empezando…
- No voy a poder comer nada.
Me miró enojada y corrió a encerrarse en su habitación, puso música, esa música extraña como de circo, pero con un poco de metal y algo de estribillos en japonés.
La noche antes de mi primer día de escuela, dormí tranquilo y sin nervios.
Al despertar, encontré un pantalón negro, ajustado, con tachas y cadenas en los bolsillos, una camisa con motivos de calaveras y unos borcegos.
- ¡Mamá! –grité - ¿Dónde está MI ropa?
Ella suspiró y me señaló el armario.
Me puse zapatillas DC blancas y negras, un jean oscuro y una campera Vans de color verde. Me colgué al hombro mi mochila de Los Simpsons, mi serie favorita, impecable y sin ningún pin clavado a ella.
Mis padres me dejaron en la puerta de la escuela y me desearon buena suerte.
Con solo entrar al salón, me di cuenta de que mis compañeros y yo, efectivamente teníamos gustos muy diferentes.
- Hola freak – fue el primer saludo que recibí en el día.
Me senté en el último asiento de la última fila, alejado de todos. La primera materia que teníamos era dibujo.
- La consigna es libre – explicó la profesora – pueden hacer lo que les plazca.
Eso hice, y al menos tres personas se burlaron de mi trabajo. Mientras que casi todos los demás habían dibujado personajes de animé, personas llorando, llenas de tatuajes o perforaciones, yo había hecho un perro parado en dos patas con un sombrero. Y no sé por qué fue gracioso.
- No les hagas caso – me gritó una chica desde la otra punta del salón. Se acercó hacia mí y alagó mi dibujo.
– Tenés talento, e imaginación, te va a ir bien.
Le agradecí, y nos la pasamos hablando el resto de la jornada escolar. No era como los demás. No tenía apodos como “Rasmuse”, “Yagami” o “Itachi”. Su nombre era Gabriela. Llevaba un vestido rojo con pintas blancas, un moño negro en la cabeza y zapatillas blancas. Era rubia natural, y tenía tres aritos en la oreja derecha.
Ella y yo nos sentamos juntos en el micro que nos devolvía a casa, escuchamos música. Le gustaban los Rolling Stone y Ataque77. A mi Calamaro y Los piojos.
Uno de mis compañeros, al cual apodaban “Kakashi”, se volvió a vernos. Tenía el pelo teñido mitad blanco y mitad azul, expansores enormes en las orejas, uñas de al menos siete centímetros cada una y un tatuaje amorfo en la cara.
- ¿Qué están escuchando? – preguntó mientras tironeaba de mi celular.
- Nada – contesté, pero ya me lo había quitado.
Y todos rieron al compás de “flaca / no me claves / tus puñales / por la espalda”
- ¡Escuchen todos esta porquería! – gritó “Matsuda”, otro de mis compañeros, más pequeño que Kakashi, con cejas teñidas de verde y colmillos limados como los de un vampiro.
Y todos rieron.
Gabriela vivía a pocas cuadras de mi casa, así que quedamos en vernos esa tarde para salir a caminar o compartir gustos musicales o nuestras series favoritas.
Al llegar a casa, mi hermana estaba llorando. No la reconocí al principio porque se había hecho nuevas cosas en su cuerpo. Había pasado dos cuchillos filosos por los agujeros de sus expansores de la nariz, se había rapado un costado de la cabeza y vuelto a tatuar la cara.
- Vos... – dijo mirándome a los ojos. – Todo es tu culpa.
Mamá y papá le dijeron que se callase la boca, que yo no tenía nada que ver con lo que había pasado. Le habían escrito en la frente con marcador indeleble: “Sister of freak”. Volvió a mirarme, pero esta vez con odio, y se marchó a su cuarto.
¿Era mi culpa? No entendía nada. ¿Qué tenía de malo ser un freak? Si no lastimo a nadie… ¿Acaso tener gustos diferentes al del resto de las personas es extraño?
Al parecer sí. Y por eso puedo decir que estoy orgulloso de ser un freak.
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