Angel tiene cincuenta años de edad, es arquitecto y por supuesto… pelado. Es una ironía, puesto que de joven lucía una larga cabellera negra y con rulos. “Igualita a la de Slash” solía decir.
Le gustaba mucho bailar, así la conoció. Ella danzaba grácilmente con sus amigas, y él la esperaba en la barra. Unas palabras y fue suya. Se casaron a los veinte y a los treinta comenzó todo.
Una mañana de invierno, Angel se levantó temprano para ir a trabajar. Se vistió, se cepilló los dientes y se peinó. Entonces lo vio. El peine tenía una maraña de pelos negros. Decidió no darle demasiada importancia, pero a medida que la maraña crecía con el tiempo, también lo hacia su preocupación y su calvicie.
A los pocos meses de ese episodio, un matutino grito de horror alertó a su mujer. Sí, lo que el espejo reflejaba era cierto. Tenía dos entradas en la cabeza, que pronto se volvieron más y más grandes.
Su mujer, intentando consolarlo, le ofreció intentar un tratamiento de implante capilar. Aceptó.
Cada sesión costaba $350, y necesitaba al menos diez para recuperar su cabello. Vivió a pan y agua durante dos largas semanas. Pero poco a poco iba recuperando su pelo… o su vida, que era prácticamente lo mismo.
Una tarde de primavera, dio el último examen de la facultad y se recibió de arquitecto. Sus amigos fueron a festejar con afeitadora en mano.
Lo raparon. Angel no les había dicho nada, porque le daba vergüenza, y derramó algunas lágrimas mientras sus mechones caían al suelo.
Después de eso, no habló con nadie por dos semanas y pasó muchas tardes encerrado en su habitación. Decía que sin su melena, estaba tan expuesto que la gente podría leer sus pensamientos.
Una noche, su mujer se sobresaltó asustada por el ruido de unas tijeras. Pero volvió a dormirse rápidamente, y cuando despertó por la mañana, vio que su marido tenía de nuevo una larga cabellera negra y lisa… ¿lisa? Fue entonces cuando se tocó la cabeza y acarició sus cortos e irregulares mechones, restos de pelo.
Angel y ella se separaron después de eso.
Ella se mudó a Madrid y no se supo más nada. Él sigue en la misma casa de siempre, a pocas cuadras de allí abrió una peluquería unisex. La visita al menos tres veces por semana.
Pide que le laven, sequen y peinen su melena. Al principio las empleadas se miraron extrañadas y rieron, pero con el correr de los días, y al ver que Angel pagaba mucho mejor que cualquiera de sus mejores clientas, lo atendieron.
Se levanta temprano, a las ocho en punto y es el primero en llegar. Aguanta en silencio el calor del secador de pelo y jamás se lo oye quejarse de las cerdas del peine, raspando su calva cabeza.
“Igualita a la de Slash” solía decir.
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