Cayó como si nada. Como si fuera lo más natural del mundo. Como si
lo hubiese estado planeado desde siempre.
El niño estaba lo suficientemente cerca como para preguntar.
- ¿Qué es eso, mamá?
Pero su madre no respondió, no conocía la respuesta.
Muchas personas se reunieron alrededor para examinar y dar
diagnósticos.
- Es un disfraz – dijo un hombre con sombrero. – Pueden
comprobarlo por la calidad de la tela.
- Es un pájaro enorme. – dijo un aviador.
- Es el diablo. – dijo uno de los monaguillos de la iglesia del
pueblo.
- Es una mutación genética. – dijo el portero del edificio.
La muchedumbre discutía alrededor de una mujer que yacía en suelo.
Era alta y de figura esbelta. Sus cabellos rubios, como los de un albino. Iba
descalza y desnuda. Tenía magulladuras en las piernas y brazos, y de su espalda
blanquísima brotaban dos alas enormes, justo a la altura de los omóplatos. Sus plumas
blancas, y largas.
Una anciana que llevaba sus ropas a lavar, la vio y le tendió una
sábana. El ángel la miró confundida, y la anciana le hizo señas de que se
cubriera el cuerpo. Lo hizo.
Más personas se reunieron alrededor. Algunos la tocaron, otros se
limitaron a mirarla. La cara del ángel reflejaba miedo y aturdimiento. Demasiados
humanos, demasiadas caras, demasiadas palabras que no comprendía.
El niño se le acercó y le tomó la mano. Ella estuvo a punto de retirarla,
pero no lo hizo. Al tacto, era suave y estaba fría.
Entonces unos hombres de traje verde y armas al hombro bajaron de
una camioneta. Esquivaron a la multitud y cuando llegaron a ella, la esposaron.
La encerraron en una jaula tan pequeña que solo podía entrar sentada y la
metieron en la parte de atrás de la camioneta
Ella no se resistió, ni siquiera los miró a los ojos mientras le
acercaban a la nariz un pañuelo con cloroformo.
Despertó en una sala bastante iluminada a pesar de no tener
ventanas. En el centro había una mesa con instrumentos quirúrgicos, y fuera, se
podía oír el murmullo de la gente que los había seguido hasta allí.
Tres personas rodeaban la jaula: un policía, un médico y un
sacerdote.
- No podemos dejarla ir – dijo el doctor Gerald. Era un hombre de
apenas cuarenta años. Uno de los mejores médicos del hospital de las afueras
del pueblo. – Estudiarla supondrá un gran avance en medicina.
- Y en religión – habló el sacerdote. Un hombre regordete y avaro
– hace años que las personas han perdido la fe en Dios… Y por supuesto, si me
permiten llevarla, prometo darles una comisión.
El policía no dijo nada. Estaba absorto en el ángel. Jamás en toda
su vida había algo sobrenatural. Y este espécimen le resultaba particularmente
hermoso e inocente. Ella lo miró, sus
ojos se apagaban poco a poco. Algo en su mirada pedía ayuda.
Entonces, cuando el sacerdote murmuró algo sobre cortarle las
alas, el policía hizo algo que no había hecho en toda su vida: desobedecer a
sus superiores.
Corrió hacia la jaula con la llave en la mano y abrió el candado.
El ángel apenas fue consciente de su libertad. Entonces él le tomo la mano,
invitándola a escapar.
Juntos corrieron esquivando guardias y curiosos, hasta llegar al centro
de la plaza del pueblo.
- ¿Dónde? – preguntó él. Y el ángel señalo hacia el cielo y se
tocó las alas.
El policía asintió una vez y siguieron corriendo, pero ella
parecía tener cada vez menos fuerzas. Se miraron durante un segundo que pareció
eterno.
Entones sucedió.
Se oyó un disparo y la sábana que cubría el cuerpo del ángel
comenzó a teñirse de rojo.
El policía gritó y devolvió el disparo, pero ya era demasiado
tarde. El doctor con mala puntería había sentenciado al ángel para siempre.
El 31 de febrero, a las nueve y cuarto de la noche, todos los
habitantes de la ciudad se convencieron que la muerte es ineludible.
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