Cayó un 31 de febrero

Cayó como si nada. Como si fuera lo más natural del mundo. Como si lo hubiese estado planeado desde siempre.
El niño estaba lo suficientemente cerca como para preguntar.
- ¿Qué es eso, mamá?
Pero su madre no respondió, no conocía la respuesta.
Muchas personas se reunieron alrededor para examinar y dar diagnósticos.
- Es un disfraz – dijo un hombre con sombrero. – Pueden comprobarlo por la calidad de la tela.
- Es un pájaro enorme. – dijo un aviador.
- Es el diablo. – dijo uno de los monaguillos de la iglesia del pueblo.
- Es una mutación genética. – dijo el portero del edificio.
La muchedumbre discutía alrededor de una mujer que yacía en suelo. Era alta y de figura esbelta. Sus cabellos rubios, como los de un albino. Iba descalza y desnuda. Tenía magulladuras en las piernas y brazos, y de su espalda blanquísima brotaban dos alas enormes, justo a la altura de los omóplatos. Sus plumas blancas, y largas.
Una anciana que llevaba sus ropas a lavar, la vio y le tendió una sábana. El ángel la miró confundida, y la anciana le hizo señas de que se cubriera el cuerpo. Lo hizo.
Más personas se reunieron alrededor. Algunos la tocaron, otros se limitaron a mirarla. La cara del ángel reflejaba miedo y aturdimiento. Demasiados humanos, demasiadas caras, demasiadas palabras que no comprendía.
El niño se le acercó y le tomó la mano. Ella estuvo a punto de retirarla, pero no lo hizo. Al tacto, era suave y estaba fría.
Entonces unos hombres de traje verde y armas al hombro bajaron de una camioneta. Esquivaron a la multitud y cuando llegaron a ella, la esposaron. La encerraron en una jaula tan pequeña que solo podía entrar sentada y la metieron en la parte de atrás de la camioneta
Ella no se resistió, ni siquiera los miró a los ojos mientras le acercaban a la nariz un pañuelo con cloroformo.
Despertó en una sala bastante iluminada a pesar de no tener ventanas. En el centro había una mesa con instrumentos quirúrgicos, y fuera, se podía oír el murmullo de la gente que los había seguido hasta allí.
Tres personas rodeaban la jaula: un policía, un médico y un sacerdote.
- No podemos dejarla ir – dijo el doctor Gerald. Era un hombre de apenas cuarenta años. Uno de los mejores médicos del hospital de las afueras del pueblo. – Estudiarla supondrá un gran avance en medicina.
- Y en religión – habló el sacerdote. Un hombre regordete y avaro – hace años que las personas han perdido la fe en Dios… Y por supuesto, si me permiten llevarla, prometo darles una comisión.
El policía no dijo nada. Estaba absorto en el ángel. Jamás en toda su vida había algo sobrenatural. Y este espécimen le resultaba particularmente hermoso e inocente.  Ella lo miró, sus ojos se apagaban poco a poco. Algo en su mirada pedía ayuda.
Entonces, cuando el sacerdote murmuró algo sobre cortarle las alas, el policía hizo algo que no había hecho en toda su vida: desobedecer a sus superiores.
Corrió hacia la jaula con la llave en la mano y abrió el candado. El ángel apenas fue consciente de su libertad. Entonces él le tomo la mano, invitándola a escapar.
Juntos corrieron esquivando guardias y curiosos, hasta llegar al centro de la plaza del pueblo.
- ¿Dónde? – preguntó él. Y el ángel señalo hacia el cielo y se tocó las alas.
El policía asintió una vez y siguieron corriendo, pero ella parecía tener cada vez menos fuerzas. Se miraron durante un segundo que pareció eterno.
Entones sucedió.
Se oyó un disparo y la sábana que cubría el cuerpo del ángel comenzó a teñirse de rojo.
El policía gritó y devolvió el disparo, pero ya era demasiado tarde. El doctor con mala puntería había sentenciado al ángel para siempre.
El 31 de febrero, a las nueve y cuarto de la noche, todos los habitantes de la ciudad se convencieron que la muerte es ineludible.


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